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LA PATA DEL ELEFANTE

Juan Pasquau Guerrero

en Diario ABC. 12 de junio de 1968

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La cultura es una paciencia activa. Primero se entera uno de muchas cosas, primero se aprende, y luego, pasado algún tiempo, empieza uno a com­prender algo, no demasiado. Pero hay la confusión de creer que todo lo que se cono­ce se entiende. ¿Quién ha penetrado la intimidad de los hechos reales? Los senti­dos nos encaran con un mundo inmediato, palpitante. No nos basta; queremos ver su trabazón lógica, queremos explicárnoslo. Entonces viene la ciencia y los vivisecciona, lo destripa. Ya conocemos sus leyes. Más generosamente ambiciosos, los filóso­fos —sabios de última instancia— además de saber quieren entender. Y eso es mucho más difícil. Los filósofos necesitan infinita paciencia.

¿Se puede decir que ahora disponen las mentes de paciencia filosófica? Es decir, ¿prevalece entre los hombres el talante adecuado para la síntesis orgánica que una "concepción del mundo" exige? Keiserling dio el grito de alarma ante nuestra civili­zación analítica, "la civilización del chó­fer", que él expresivamente denunciaba. Innumerables semejantes nuestros, sin cumplir otro trámite que el de la mera información —conocimientos experimenta­les, datos, fórmulas, estadísticas y gráfi­cos—, saben hoy cuánto hay que conocer. Estamos en la era (?) técnica y científica. El peligro radica en que la afluencia de saberes próximos obnubila con frecuencia los caminos que conducen a lo trascen­dente. En otros tiempos se ha sabido mu­cho menos, pero quizá se ha entendido mejor al mundo. No me arrepiento de lo dicho. No tacho lo que acabo de escribir. Al menos, en otros tiempos, la conciencia de lo que se ignoraba mantuvo intacto el respeto al misterio, clave al fin de las pri­meras y últimas verdades. Respeto que implica una clara actitud filosófica. La veneración hacia lo que no se entiende, ¿no es cosa distinta y opuesta al gesto de des­preciar lo que se ignora? Actualmente nos acomete la embriaguez de pensar que no existe lo que no es reducible a número. ¿Y acaso un borracho se considera inca­paz para nada? Pero el borracho no es propiamente audaz; nada más se lo dice a sí mismo hasta creérselo. De la misma manera, la cultura de estricta información se ufana de entender cuando, a menudo, sólo está atiborrada de datos. Pero la bue­na circulación de las ideas —que eso probablemente es la cultura— exige una selec­ción y, por tanto, una eliminación. No sé si, a veces, un exceso de conocimientos in­discriminados es tan perjudicial como un exceso de urea. De otra parte, cualquier fanatismo supone una embolia para el es­píritu...

Precisamente, además, el hecho de ad­vertirse impotentes, no dotados para la entera comprensión racional de lo que —valga la paradoja— si se renuncia a co­nocer se entiende mejor, preservaba a los hombres de otras épocas de no pocas erro­res irrisorios. No les sucedía lo que a los invidentes con el elefante. Chesterton ha contado en sus libros más de una vez el cuentecillo: varios ciegos intentan su ver­sión del elefante; uno de ellos palpa la trompa y dice que se trata de una ser­piente, otro la pata y afirma que es un árbol, otro alcanza su costado y piensa que el proboscídeo es un muro...

Cansa un poco oír repetir lo del mundo de nueva planta que dicen se está fra­guando. Así es que a uno le dan miedo esas "revoluciones culturales" que preferirían empezar la partida arrancando del cero, coma, cero, cero. Porque un triunfalismo científico parece aliarse en ellas con un deseo de ruptura espiritual. Allegan nume­rario, pero de todas las monedas quisie­ran borrar la efigie. Ebrios de velocidad y de fórmulas, ignoran que la cultura es al­go que no se improvisa. Y las exultantes "botas nuevas de la civilización", que de­cía Ortega y Gasset, empiezan a manchar­se de sangre. Pero, ¿no es el pensamiento, facultad que fluye mansamente en un va­lle de serenidad? He ahí una bella facha­da renacentista. La está acariciando el sol melancólico de ocaso. Fue labrada —rega­lada, piedra de los frisos, de los capiteles, de los blasones— hace cuatro siglos por unos hombres que decidieron "seguir", que no eligieron "empezar". No "sabían" lo que nosotros; pero algo, algo, sí que "en­tendían". En cambio, nosotros hemos toca­do la pata del elefante y...