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LAS SOLEDADES

Juan Pasquau Guerrero

en Diario ABC. 20 de noviembre de 1969

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Hay una filosofía que hace bandera —bandera desgarrada y agresiva a veces— de la soledad. Exhibitoria y pintada de patetismos, la soledad se mues­tra entonces como una herida inelucta­ble en el mismo costado de la existencia. ¿Qué lanzada la ha abierto? Pero casi se trata más de una herida promulgada que de una herida abierta. Heidegger, al programar la angustia o así, es padre re­conocido de la inestable meteorología actual del pensamiento. Y el tema de la soledad sopla como un cierzo en la ensayística, en la novela, en el teatro, en las antologías poéticas. No sé; a veces uno piensa que tanta "soledad", recalentada más o menos, huele a refrito. Hay casos en que la lógica funciona de la siguiente ma­nera: "¿Se siente solo Samuel Beckett, hasta el punto de que ya ni las palabras le hacen compañía y opta por desarticu­larlas y quebrantarles los huesos a fin de hundir el último puente, la última comu­nicación? Pues entonces, yo también debo sentirme radicalmente solo..." Ejemplos así, "raciocinios" así, ¿no son frecuentes acaso?

Pero no es esa la soledad a que quiero aludir ahora. Porque uno se refiere más bien a las "soledades": algo plural y por tanto bastante inocuo. Algo que, de otra parte, resalta mejor una fuente o un es­tanque, y no una herida. Algo, además, al alcance de todos. Me ciño a la conve­niencia del disfrute de ciertas soledades ocasionales, tan necesarias al hombre aje­treado de hoy y de siempre; soledades inocentes que no exigen esa especie de "strip-teasse" mental —ahora me quito este prejuicio, después esta creencia, luego esta idea— a que nos tienen tan habitua­dos ciertos divos de nuestro momento cul­tural. Precisamente los ejercicios de sole­dad que uno preconizaría, tienden más bien a abrigar, que no a desnudar; con­ducen a una comunión y no a un des­arraigo. Las soledades entendidas así cons­tituyen un método para la esperanza. Más aún para el amor. "La soledad y el silencio —escribía Tomás Merton— me enseñan a amar a mis hermanos por lo que son, no por lo que dicen". ¿Era aislamiento aquella soledad de los santos del yermo? ¿Lo era la de los conventos? Creo que empezamos a entender mal la ascética de antaño. Pero sin entrar en esta cuestión, aquí parece indudable que hacer cada día una hora de hueco para la sosegada re­flexión íntima proporciona un medio ex­celente para mejor entender y compren­der las cosas, para extraer de la compleja maraña de los hechos el hilo que nos mues­tra las salidas del laberinto. En sus "so­ledades" hallaban inexhausto venero los poetas —desde Lope de Vega y Góngora hasta Antonio Machado, entre otros—, pero nunca arena. Lo de la arena seca de la soledad es más moderno, lo de la desesperanza en la soledad es casi de nues­tros días. Y es que ésta de ahora es una Soledad fijamente profesada, a lo magis­tral, y aquellas eran sentidas en entusias­mo de "amateur". Se buscaban quietudes y pausas para la afirmación de verdades o de sentimientos confortantes. San Agus­tín entraba en su soledad, que era su bra­sero, para la suprema compañía, es decir, para saludar a Dios. Y aun en las oca­siones en que la soledad ahondaba en la tristeza —tal el caso de los poetas— no era con un propósito de abandonismo, sino de comunicación ardiente con la propia pena. Y ello ya no entraña ningún desdén hacia lo visible o lo invisible, sino al con­trario.

La tarde de otoño declina plena de sua­vidades. El pulso de la ciudad se descom­pasa bronco y sin embargo, a unos metros de la calzada hirviente de urgencias, se extienden lo espacios vacíos del parque, pacíficos y umbrosos. Buen retiro para as­pirar entre el silencio el pomo de las so­ledades. Porque toda la ciudad ruidosa es un coto para la caza menor de sucesos, de hechos, de "fenómenos". Pero hay otra caza, caza mayor —de "esencias" diría el filosofo—, para la que no es el tráfago clima adecuado.

¿Y si en la tarde soleada alcanzamos el privilegio de reposar unos instantes en un patio conventual? En un rincón del claustro dos monjas unas palabras en sordina. ¡Cómo el silencio se car­ga de trascendencias, y la soledad, lejos de quedarse en ella misma, advierte la compañía y el estimulo de unas convic­ciones que se perfilan, que se afianzan límpidas, netas, irrenunciables! (¿Es po­sible que ya en no pocos simposios eclesiales se discutan los valores monásticos de la contemplación y del silencio?)

Lejos de la naturaleza libre, del cam­po abierto, apenas quedan en la ciudad, como ambiente propicio al laboreo in­trospectivo, otros reductos que el parque y el convento. Es lástima. Quizá la avi­taminosis religiosa y metafísica que pa­dece nuestra época tan musculosa y robusta desde el punto de vista científico, se debe en parte al escaso número de gimnasios paca la soledad —para las so­ledades— de que disponemos. ¿Pero ello puede eximirnos de su práctica? Ellas, las soledades, fertilizan el espíritu, depositan el limo para la buena siembra. Desde sus silencios, los místicos, los inventores, los filósofos y los héroes han hecho al mun­do habitable. Al menos, para que no nos anegue la "angustia" —la que ostentan como una herida infecta tos corifeos del absurdo como sistema—, es urgente recurrir a las quietudes que limpian nuestro polvo y nuestro cansancio en su agua. Porque, paradójicamente, sólo las soleda­des redimen de la soledad...