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REFRENDO

Juan Pasquau Guerrero

en Diario ABC. 26 de abril de 1971

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En este fondo de columnas del Prado, Velázquez no ha quedado en estatua. Aquí las columnas son como un re­frendo. Dudo, sin embargo, que la esta­tua de don Fulano fuese tolerada en este contexto arquitectónico... Hay una rara sentencia de Horacio que recuerda Mon­taigne en sus ensayos: «No consienten la mediocridad de un poeta los dioses, los hombres ni las columnas.» ¿Tan odiosa es la mediocridad? Pero, ¿quién hasta cierto punto no es mediocre? Malraux, muy des­engañado, desengañado de sus experien­cias vitales —alguna vez por él mal elegi­das—, ha escrito recientemente que ya «hay muy pocos adultos». Si hay muy pocos adultos, no es extraño, no puede ser­lo, que estemos muchos mediocres.

Habrá que matizar, probablemente, el sentido de la palabra. Por lo pronto, pa­rece que no debiera confundirse medio­cridad con normalidad. Lo normal, tanto en el mundo físico como en el área del fenómeno humano, no implica nada des­favorable. En cambio lo mediocre parece aludir a cierta roña cuando del espíritu se trata, o a indudables precariedades de las cosas. Mediocridad no tiene sino acep­ción peyorativa. El artista mediocre, el profesional mediocre, el hombre mediocre, en general, no es que den una talla «me­dia» ni una talla deficiente, sino más bien una estatura contrahecha. Lo normal tie­ne su definición; también lo anormal o lo subnormal se refieren a una apelación conceptual específica. Pero lo mediocre pertenece a otro orden de valores. Para el reconocimiento de lo mediocre habría que atender, por supuesto, más a la cali­dad que a la cantidad. ¿Un talento me­diocre es, necesariamente, un hombre de escaso talento? Creo que no. Seguramen­te se trata de un talento mal distribuido. En el mediocre la inteligencia funciona, pero su sistema de fuerzas está mal re­partido, como sucede en esos edificios, só­lidos y poco airosos, cuya construcción disgusta e incluso impacienta a las perso­nas con criterio estético. Si Horacio es­cribía que las columnas no toleran al poe­ta mediocre es, precisamente, porque una columna, arquitectónicamente, asume el más original invento, el mejor arbitrio fren­te a la rutina. Porque la columna siempre se repitió, pero jamás cayó en un inmovilismo. No cabe imaginar apoyatura más idónea, en que mejor se conjuguen utili­dad y belleza. La columna se inspira en el tronco del árbol, es realmente tronco; «pero de piedra», y sometido a la norma, a la medida y al perfil. Representa como una síntesis en la dialéctica de la Naturaleza: piedra-árbol. ¿Quién ideó la colum­na? Un genio, seguramente. Como quien imaginase la rueda. La variedad, el «plu­ralismo» patente del recurso columnario en las edificaciones impidió cualquier es­tancamiento, o cualquier manierismo, que hubiera sido, en resumidas cuentas, me­diocridad también. Pocas cosas en arte han cambiado tanto como la columna, siendo ella, en su función, tan fiel siem­pre a sí misma. Y siempre la columna, al aportar una modalidad inédita en ca­da tiempo para cada estilo, constituye una nota específica, diríamos «personal», de los sucesivos movimientos estéticos. No es extraño, pues, la apreciación del poeta la­tino. Las columnas tienen sobradas razo­nes —por sobrada ejecutorio— para no con­sentir al mediocre; ellas que pautan y rit­man los vacíos interiores. ¿Habría algo más desolador que el vacío de una cate­dral sin columnas? Desprovista de ellas seguiría siendo inmensa. Sí; más inmensa quizá, pero mediocre. Sería «enorme», pe­ro no «delicada».

Mucho habría que hablar acerca de la mediocridad en nuestro tiempo. Tenemos actualmente mucho de todo. Y, desde lue­go, las inteligencias abundan. Y el pro­ceso cumulativo de la Ciencia aumenta las posibilidades humanas de manera prodi­giosa. La civilización, que como dijo Jean Rostand es «lo que ha añadido el hombre a la Naturaleza», potencia a la Humani­dad, la eleva sobre unos zancos invero­símiles. El hombre, montado en los zan­cos de sus conocimientos, cada día más numerosos, altos y accesibles, toca con las manos todos los balcones... ¡Como los reyes magos en sus camellos gigantes! Pero, ¡qué digo balcones!; toca la Luna y los astros con las manos. Sin embargo, si sobre sus zancos fabulosos, alzaprimada sobre ellos, la estatua del hombre continúa contrahe­cha; si a pesar de sus logros materiales, la facha, la traza y la talla moral del hombre no desechan sus facciones mezqui­nas, el efecto de mediocridad se hará más visible. Y este es el peligro. Y este es el mal que no tolerarían ni los dioses ni las columnas.

O, ¿someteremos el espíritu al «dios de las moscas», como teme Jacques Maritain en «Le paysan de la Garonne»?