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LUNA FRÍA (Cuento invernal)

Juan Pasquau Guerrero

en Diario ABC. 28 de febrero de 1959

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Nombre: Gregorio. Edad: 40 años. Traje: gris. Profesión: desconocida. Estado: soltero.

Ya está la ficha personal que ciertamente dice bien poco. La ficha personal del intruso de nuestra historia. Ahora, dejémosle hablar. (Los cuentos, según todas las probabilidades, se escriben dejando hablar a alguien que, sin ser el autor, brota por los intersticios del autor, como un agua oculta.)

—Pues yo —dice Gregorio, sin alzar mucho la voz por si el autor decide eliminarlo de un papirotazo — tengo una tremenda vocación: el frío.

—Poco interesante es el tema, me parece, pero hable —arguye el autor impertinente y displicente.

—¿Pero... es que me va a dejar seguir? —alienta tímida y esperanzadamente Gregorio—. Yo, verá, soy el hombre que se lanza a la vía pública en las frías noches invernales; el que se aventura por las calles desiertas, inundadas de un claror de luna gélida. Luna que imparte escarchas en desolada pureza silente.

—Casi poético, sí señor. Pero, ¿qué gusto saca de ello? Y, ¿dónde está el cuento?

—Mi gusto no tiene sabores; es límpido y transparente como una aguja de hielo. Y el cuento es una escena sin personaje; es un ambiente que le brindo. El protagonista y el relato, póngalos usted.

—Noche de invierno. Luna fría. ¿Ponemos entonces una gata y un gato? Es lo clásico.

—¡Bah! Amor, amor... Dejemos, por una vez, al amor tranquilo. Los autores cometéis una inflacción del amor. Estáis siempre expidiendo billetaje literario de amor. No hay reservas de auténtico amor-oro para tanto.

—Será porque el tesoro de amor-oro se lo llevó el romanticismo al exilio. ¿Verdad?

—Será; pero, ¿pone usted relato a la noche de invierno o no lo pone? ¿Pone usted letra a mi música o me voy en busca de otro autor?

—Espere, espere.

* * *

Nombre: Miguel. Edad: 26 años. Estatura: más bien alta. Traje: azul marino sin apenas manchas. Profesión: novelista y poeta sin prmio concedido que ejercer. Estado: novio.

Es la ficha del autor. En el plenilunio invernal —¡lejos, ay, las estrelladas fragancias de mayo y junio!— el autor, sin poema con que enbufandarseel corazón y sin inspiración que conducir a la punta de la pluma, tapona como puede las grietas de su alma por las que pugna por entrar, como un cierzo, el desaliento. Pero los desalientos —y los bostezos— del escritor, suelen ser ocasionales nada más. ¿No aflora el cuento? Bueno; pero queda la carta de amor... Es lo que el se dice muchas veces cuando quiere consolarse de no tener un coche: "¿No hay «Mercedes»? Hay Pepita". Escribe, pues:

«Querida Pepita. Hace un instante, cuando en mi almacen de chatarra literaria (no me llames rebuscado) buscaba un eje en buenas condiciones para montar una de mis narraciones líricas, un hombre extraño me ha salido al encuentro y, poco más o menos, me ha dicho: “ Mira; Ahora, la noche navega por un mar de luna fría". He encontrado muy desafortunada la imagen, porque, en todo caso, sería la Luna quien navegase por la noche, ¿No te parece? Iba a hacerle observar esto, pero él, implacable, ha proseguido: "Todo parece estar muerto menos la Luna; ella es la reina pálida sobre los hombres que, arropados en sus respectivos sueños, hacen, yacentes en sus lechos, un ensayo general de la muerte". No he podido resistir tópico semejante y he replicado al hombre gris de cuarenta anos poco más o menos: "¿Por qué no araña usted un poco por debajo de la superficie de esos sueños que le parecen de muerte? Encontrará un oleaje vívido de enjambres jubilosos; una danza de esperanza, un minué de ilusiones y un zapateado de deseo. Porque la vida no cesa bajo la luna glacial que, glacial y todo, sigue siendo la Luna de colombina y de arlequín". Entonces, el personaje extraño me ha salido con su cantinela tonta. “¿Es que en la vida hay, objetivamente, un tesoro de ideal? ¿En qué sótanos se guarda? «Vosotros» los hombres, estáis emitiendo siempre billetaje falso de felicidad. Pero en todo caso se trata de venturas de telilla barata; se rasgan enseguida y pronto, a través, se muestra la vida desnuda, en carne de gallina...”. ¡Qué tonterías tiene uno que oír de estos seres ridículos —entes reales o fantasmas— con quienes solemos estar en comunicación los escitores!, Pepita mía! ¡Qué tonterías, Pepita mía!" La noche invernal podrá no brindar temas para un cuento con flores, con hojas y con frutos; podrá no ofercer ocasión para un poema que trascienda a jazmines, a rosas o a cursilerías. Pero, siempre estás tú. Estás tú siempre, materia prima de mis ideales. Mientras estés tú, ¡"vade retro" a la nieve y al invierno! Tuyo, Miguel.»

* * *

Nombre: Pepita. Edad: 23 años. Estatura: 1’60, con tacones. Traje: Camisón de dormir. Profesión: Sus sueños.

Pepita, antes de acostarse, suele dialogar con su espejo. Hoy la Pepita del espejo ha hecho un mohín y la Pepita de carne ha dicho: «Ya sé; ya sé dónde radican mis sueños: en un notario. Pero esa es una ilusión de noche de verano. Con esta noche fría no se ambiciona tanto. Hay que ser realista. Quizás hoy me conformo con el poeta. Aunque la poesía, ¡puede costear tan pocos sueños...!».