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LA VIDA NUEVA DE LEONARDO (Cuento)

Juan Pasquau Guerrero

en Diario ABC. 12 de diciembre de 1959

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¿Cuántos hijos tiene Leonardo?

—Uno.

—¿Nada más uno? Bueno, y ¿qué tal le va?

—¡Psch! Es un hombre raro.

—Inteligente.

—¿Inteligente? ¡De lo que no hay! Pero es una lástima.

—¿Por qué es una lástima?

—No hace nada. Nada.

—¿No trabaja?

—¡Trabajar Leonardo!... Bueno; según a lo que llames trabajar.

—Cuéntame. Hace tiempo que no le he visto. Ya, ni nos escribimos.

—Pasa la noche escribiendo y leyendo. De día, duerme. Lo que te digo. Nada. Ha­cer, nada.

—Su profesión, sus propiedades...

—Todo lo tiene abandonado. Todo en manos de... A él nada le importa. Él, sus libros. ¡Un caso!

—¿No hizo aquellas oposiciones?

—No quiso. Se ríe de las Notarías y de los Registros de la Propiedad. ¡Qué tío! Los amigos andamos siempre con él a vuel­tas. Pero, ¡qué va! Palabra, que da pena...

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Cuatro campanadas. Silencio. Hondura del silencio. La madrugada ha llegado a su fondo. Bucea en su soledad misteriosa, impasible. Se ve que la noche ha doblado la cabeza de todo bicho viviente. Ni un mal gozquecillo ladra. Ni preludio de "ar­pas sonoras", ni nada. Falta más de una hora para que el alba dé señales de vida... Está atestado el cenicero de Leonardo. Humo adensado, macerado —pesado y quie­to— en la habitación. Abre Leonardo la ventana... Ironía de las estrellas. Casi un estruendo absurdo de estrellas calladas, despiertas; de estrellas delirantes en el espacio insondable. Brillan como sí le mi­rasen, como si le espiasen, con un fulgor de arcángeles vigilantes. Más lúcidas que nunca, más excitadas y excitantes, como si ellas también hubiesen tomado —cada una— cuatro tazas de café.

Fosforece el cerebro de Leonardo. Des­cansa unos instantes la devanadera sutil que le va ahilando pensamientos. Refle­xiona :

—Da frío la madrugada. Frío en mi frente. Detrás de mi frente están apelma­zados los pensamientos de toda esta no­che. Ahora forman una madeja de fiebre. Es curioso. Cada noche lleno mi cerebro de ideas. Se enlazan, se enredan las unas con las otras; emparentó los pensamientos distantes, distintos; trenzo las verdades con los sueños. ¿No he anudado hoy las metáforas ebrias de Rubén con las ideas blancas, incoloras, de Parménides? Es lo que me reprochan los amigos. Leo sin mé­todo. Ellos llaman método a aprenderse la "Ley Hipotecaria"... Yo prefiero mi cócktel diario: veinte páginas de filosofía en el fondo de la cocktelera; luego, tres ca­pítulos de novela, varios cubiletes de lite­ratura de ensayo. Ciencia por aquí, e his­toria por allá. Y que no falten unas gotas de poesía concentrada, ¿Qué tal, si a Bergson le exprimiera encima Revolución Fran­cesa? ¿Qué tal Unamuno con extracto de Patrística? No sé cómo le sentará a Una­muno una dosis de Dionisio Aeropagita. Habrá que intentarlo. Lo que dudo si po­dré digerir es ese combinado de Kant y Gonzalo de Berceo que tengo preparado para después de la tercera taza de café. Más suave será empalmar la lectura de la guerra de los Cien Años con Einstein. ¡Válgame Newton!

Cantan los gallos. Dos, tres, cinco "kíkiriquis". Se mueren de risa las estrellas. Se bambolean los pilares de la noche. Las cinco. Ya se ve, en el Oriente, la polva­reda tenue que levantan, remotos, los cor­celes de la Aurora.

—¿Dices que Leonardo?

—No pondrá ningún inconveniente.

—.¿Va Incluida en los quince mil duros el haza de "Cañada Pinta"?

—Claro.

—.¿Y el pinar?

—Ya te he dicho que sí.

—¿Y el olivar de "Ana la Loca"?

—¿Hay que repetírtelo?

—Pues es... negocio entonces. ¿No te parece?

—¡Tonto! ¡Es que ni dudarlo!

—Trato hecho.

"Observemos—escribe Leonardo—que la insalivación neoplatónica insinúa su tialina, levemente corrosiva, en el solomillo griego. Pero así, lo hace asimilable y el estómago filosófico del Medievo lo acepta sin repulsas. Luego, la Escolástica se adue­ña de Aristóteles: es un derecho de ocu­pación. ¡Menudo derecho! Ya está fun­cionando la noria del silogismo a más y mejor. ¡Qué colonización, hombre! Mien­tras la Escolástica no padezca de arte­riesclerosis, todo irá bien. ¿Y los "univer­sales"? Hay momentos en que parece se atascan y la circulación tomística entera se resiente. Sin embargo, hasta que el Re­nacimiento, empenachado de audacia, no dobla la esquina del XV, todo será nada. Pero... ¿quién es el Renacimiento? ¿Qué es el Renacimiento? A su vista, la Esco­lástica palidece. ¿Envejece? Los galenos de ocasión lo aseguran, lo diagnostican: em­bolia cerebral tenemos. Del silogismo, por supuesto. Vamos a ver qué pasa. He aquí, por lo pronto, a Roger Bacon. Va a ope­rar el "cuerpo" filosófico. Ya apresta el bisturí... Es un lance delicado. Y lo cu­rioso es que los humanistas, aún espesos de latín, le ayudan eficazmente. ¿Embo­lia? Ni hablar. Bocio. Resulta que la filo­sofía padece de "bocio o papera". El mé­todo empírico extrae el bocio a la filoso­fía. Y lo habréis supuesto: el bocio —seño­res— era la Escolástica. Ya la filosofía, con peinado de ciencia, está otra vez joven. Y sana. Ya se somete, dócilmente, al plan racional que Descartes va a prescribirle. Cuan estilizada va a ponerse. Desechará vientre. Grasa, la precisa y en los luga­res convenientes. Habrá quien sostenga que la Edad Media, al morir, la dejó viu­da. Pues, ¡vaya viudita!..., Irá a nuevas nupcias. Un hombre de Koenisberga pedi­rá su linda mano. Boda laica, eso sí, y con derecho al divorcio. Porque... el señor Kant, a lo mejor no resulta buen marido. ¿Y si la mata a disgustos? De todas for­mas, ahí estará Hegel, su compatriota. Por las buenas o por las malas terminará por arrebatársela. Le ofrecerá el tálamo de su lógica nueva —tesis, antítesis, sínte­sis—. ¿Tálamo o tórculo? Puede que ya, para entonces, la filosofía padezca de os­teomalacia, de reblandecimiento medular... ¿Qué va a pasar un siglo después? Un si­glo después —adivinadlo—, la filosofía, en manos de los existencialistas, va a parecer una ramera..."

—Leonardo—exclama Andrea, su mujer, que entra—. ¿Ya no te basta la noche? ¿También escribes ahora de día?

—Déjame, Andrea. Escribo una especie de Historia de la Filosofía, en trescientas palabras.

—¡Bueno, bueno, bueno! —casi da un portazo.

—Un momento, Andrea. ¿Sabes, Andrea, que te vas pareciendo a Xantipa?

—¡Xantipa! ¿Qué me importa a mí Xan­tipa? ¿Quién es Xantipa?

—Xantipa era la mujer de Sócrates. Te­nía —dicen— un sentido práctico de miedo. No le dejaba vivir... Sé razonable, mujer. Me quedan sólo unas líneas. Ya voy por el existencialismo.

—Sí, sí... Y, ¿sabes que a tú hijo le han suspendido en ingreso?

—No.

—¿Sabes que se nos marcha la mu­chacha?

—¡Hola!

—Pues atiende ahora. Tu cuñado quie­re que nos desprendamos de “Pilar Man­chado" por quince mil duros, incluidos el pinar y el olivar de la linde. Va a venir a convencerte. Está convencido de que te convencerá. Yo...

—Caramba, caramba... Te atenderé, en seguida, preciosa.

Miró Leonardo a Andrea con mirada im­precisa, aspiró el humo del cigarrillo y...

"Pero claro está que el existenclalismo...", siguió escribiendo.

Ella dio, al fin, el portazo que pensaba.

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Doce de la noche. ¡Qué delicia! Dos pa­quetes de tabaco y cuatro cafés —¡y seis horas!— por delante. Toda la noche para él, Leonardo se mira por dentro. Se mira al fondo del espíritu. Sed, mucha sed. Ahora mismo está casi vacío... Repasa, fe­bril, su biblioteca. ¡Pronto, ingredientes para su cócktel de esta noche! El de la madrugada anterior, está dormido. Listo "para otra". ¿Emerson para empezar? Emerson, Plank, Goethe, Julio César... Y también Raimundo Lulio, ¿por qué no? Y Verlaine... ¡ Qué sensacional el encuentro de "Fiestas galantes" con la "teoría del quanta"!

Va a abrir un tomo sobre Raimundo Lulio cuando se da cuenta de que en la mesa hay un extraño sobre escrito. Lo abre.

Su mirada adquiere, súbita, una especie de estrabismo porque lo primero que lee es esto: "Le amo, Leonardo."

—Es gracioso—dice el hombre, intriga­do, y prosigue la lectura.

"... Como usted, amo a los poetas, a los filófosos y a las brisas. Me llamo Julita. ¿Le gusta? Mis papas me regañan porque tengo "muchos pájaros en la cabeza". Quie­ren que estudie para perito mercantil. ¡Habráse visto, qué carrera para una chi­ca guapa! Yo amo a los poetas, a los filó­sofos y a usted. ¿Por qué no me rapta? Me despepito por los hombres de talento y soy una chica encantadora, ya lo verá. Vivo cinco casas más abajo de la suya. Una vez pasó usted a mi lado. Iba en lo suyo y no me vio. Si me llega a ver... Yo llevaba una rosa en la mano. Se la hu­biera ofrecido, pero usted miraba a otra parte. ¡Soy romántica, Leonardo! Como usted. ¿Cuándo nos vamos a tutear? Soy como usted. Los dos, incomprendidos... Tengo catorce años. Usted, cuarenta. Un hombre con experiencia. Mi pareja ideal. Por lo pronto, huyamos de este ambiente burgués que nos asfixia a los dos... Para no entrar en sospechas he hecho que esta carta se la envíen desde Madrid, porque el correo interior siempre escama. Lo espero en el jardín, en el sitio de detrás de las acacias —por allí no pasa nadie— para ultimar detalles respecto a nuestro futuro. Suya, Julita."

Leonardo inició el gesto de una carcajada. Pero algo le punzó dentro. La carcajada se le quedó a medio... Se pasó la mano dos veces por la frente. Luego se sentó. Hundió la frente entre los brazos. Estuvo así cinco minutos. Se oía el reloj del pén­dulo. Tic, tac, tic, tac.

Al día siguiente, Leonardo se ha levan­tado tempranito.

—Pero si son las ocho, hombre. ¿Estás enfermo? ¿Te pasa algo? ¿Por qué no te quedaste anoche?...
Es una mañana apabullante de luz. De luz de junio. El sol sube las gradas de su trono de mediodía. Desde la ventana se ve un trozo de campo. Ni una nube. Orgía de pájaros en el azul.

—Sí, Leonardo. Es una mañana muy hermosa. ¿Pero te pasa algo? —Andrea está inquieta.
Un perfume de rosas se cuela por la ven­tana, sin saber cómo.

—Vaya; te pones en razón —dice la mu­jer—. Claro que sí. ¿Dices que no estás dispuesto a vender la finca por quince mil duros? Yo tampoco. Estamos de acuerdo.

Una canción mañanera, de esas que alu­den al clavel y al querer, llega de la ha­bitación próxima. La muchacha, que, al fin, no se despidió; la muchacha que canta...

Habla Leonardo. Responde Andrea:

—¿Que te vas a ocupar del chico este verano? ¿Tú mismo le vas a dar clase? ¿De verdad?... Bueno; a ti te pasa algo, Leonardo.

Ahora, es fragancia de cerezas. Y de es­pigas. Ahora es olor de mañana sanjuanera. De verbena. De mirto. Entre el diá­logo de ella y de él, está palpitando junio.

—Tiempo hermoso, Andrea. ¿Sabes que me gusta disfrutar del día? Estoy cansado de ñoche. Todos los días quiero acostarme temprano. Pasadas las doce, ni un minuto más. ¿Sabes? Al menos que salgamos jun­tos...

—Te has vuelto loco, Leonardo —casi se asusta Andrea.

Y Leonardo la abraza.

Y Andrea abre unos ojos como platos. Y sale despavorida.

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—¿Dices que Leonardo?

—Como un reloj, chico; como un reloj. Está desconocido. Todos los días a su fin­ca. Pendiente de sus cosas.

—¿Cuántos hijos tiene?

—Seis.