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XENIUS», EN EL «VALLE DE JOSAFAT». En el sexto aniversario de la muerte de Eugenio d'Ors

Juan Pasquau Guerrero

en Diario ABC. 30 de septiembre de 1960

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Fue el mismo don Eugenio quien re­cordó un día el epigrama de Tabor­ga dedicado a Víctor Hugo:

Horro de humanos desengaño
Tardó en bajar al ataúd,
Cargado de laureles y de años
Murió en olor de multitud.


La fina ironía del autor de "La bien plantada" recalcaba el último verso, y con un "visto y aproba­do" resumía todo un dictamen sobre la vi­da y obra del celebé­rrimo poeta francés. Víctor Hugo bajó a la tumba "en olor de multitud"; fue —por así decirlo— clamoro­sa su muerte, orlada de popularidad, como lo había sido su vi­da. Anécdota ésta, sin embargo, a la que Eugenio d'Ors, filóso­fo de la cultura, no pudo conceder cate­goría egregia a la ho­ra de las definitivas valoraciones. Porque el agasajo de las multitudes nada aumenta y nada pone —más bien quita algo probablemente— al mérito del genio.

Nos place recordar en el sexto aniversario de su muerte la sucinta glosa de don Eugenio acerca del gran romántico. Precisamente porque él, don Eugenio, no murió "en olor de multitud". ¿Fueron alguna vez populares su nombre y su obra? Resulta que la gran masa de lectores rechazaba con frecuencia los libros del eximio catalán —«tan español— por su "oscuridad"...
Y, sin embargo, Eugenio d'Ors fue —es—, por antonomasia, el Filósofo de la Claridad.

"Xenius", a lo largo de su obra, día a día, trabajó por proyectar luz, siempre más luz, en el complejo fenómeno de la cultura. Quiso don Eugenio, sistematizador impenitente, reducir a unas cuantas cifras, enteramente inteligibles, las heteróclitas y dispersas manifestaciones de la filosofía, del arte y da la historia; aspiró a simplificar en logarítmicas precisiones el confuso, y aparentemente contradictorio, devenir del pensamiento. Él, don Eugenio, siempre anti Bergson, siempre precursor de una estática de la idea, y de la forma frente al fluir dinámico de los instintos. El, don Eugenio, siempre anti Spengler, paladín de la Roma eterna, de la catolicidad, frente al criterio reiteradamente postulado del desplazamiento orgánico de las civilizaciones. Él, don Eugenio, siempre anti Darwin, definidor de perfiles inmutables, clasificador a lo Linneo de las especies mentales, frente al caos historicista o evolucionista de tantas fuerzas anárquicas, de tanta esporádica eclosión sin ley pululantes en el mundo intelectual. Él, don Eugenio, siempre ordenador, canalizando en constantes históricas —en “eones", escribía él— las intermitentes floraciones en el tiempo de los invariables módulos del pensar y del sentir. Él, amante de lo concreto y sensible, de lo corpóreo en función de servicio, frente a las nebulosas abstracciones que se pierden en lirismos delicuescentes o se orientan hacia ignotos panteísmos sin arraigo vital. Él, insistentemente ecuménico, soldado en avanzada de la unidad, frente a los cerri­les nacionalismos que enrarecen e intoxi­can el ambiente cerrado de los pueblos. Europeo y mediterráneo él —clásico—, frente al empuje anónimo, bárbaro y di­fuso de los orientalismos desencadenados.

Fue D'Ors el discriminador felicísimo que separaba con el sutil escal­pelo de sus juicios —muchas veces teñidos de penetran­te humorismo— conceptuaciones e ideas perezosamen­te identificadas en la apre­ciación común. Así, él nos enseñó a distinguir entre carne y cuerpo, entre claridad y facilidad, entre gracia y elegancia... Fue filósofo que cada jornada, en el “Glosario", hacía posible la asunción de la anécdota, huidiza y volta­ria, constituyéndola en fije­za jerárquica, elevándola a categoría. Podía exagerar don Eugenio en su afán sis­temático, podía errar —y erraría bastantes veces en alguna de sus incursiones teológicas o angeológicas— y podía pres­cindir, como señala García Escudero, de la “pimienta de un poco de angustia" en su obra, "tan llena de Atenas sola"; pero como el mismo García Escudero pun­tualiza, es posible que después de conocer el pensamiento de "Xenius" nos neguemos a seguir sus caminos, pero nunca, ya leída su obra, podrá sugestionarnos un mundo sin caminos.

La claridad que Eugenio d'Ors se es­fuerza en proyectar sobre la cultura pue­de, de otra parte, resultarnos, en su ex­ceso y por su prurito de transparencia, artificiosa hasta cierto punto. El d'orsiano empeño cumple, empero, a maravilla una como función catalizadora que nos esti­mula urgentemente a poner en orden a fuerza de "aprendizaje y heroísmo" nues­tras ideas. Y de poner en orden nuestras ideas a poner en orden nuestra vida sólo hay un paso.

A propósito de orden. Para cuando una ingestión, más o menos atolondrada, de literatura existencial amenace la diges­tión —todo es posible— del pacífico lector, uno aconsejaría, a modo de neutralizante, la medicación d'orsiana. Sabios maestros de la vida espiritual recomendaban antaño algo parecido con respecto a la lectura de Juvenal o de Ovidio: recetaban el Kempis como antídoto.

Y no es que don Eugenio sea Tomás de Kempis. Pero espumea ahora en el mun­do —por lo menos en el mundo litera­rio— una vanidad de la "existencia" a la que es bueno y saludable oponer el asce­tismo de la "esencia". En cualquier libro "actual" se adivina, en mayor o menor grado, al jinete sin riendas; hasta corren a lo largo de las páginas de algunos los jinetes del Apocalipsis. Bien; en cada glo­sa de don Eugenio —más "moderno" que "actual", sin duda alguna— se insinúa una brida...