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A WAMBA, OCHO SIGLOS»

Juan Pasquau Guerrero

en Diario ABC. 24 de noviembre de 1960

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Wamba fue proclamado Rey en Gérticos. ¿Dónde está la "aldea de Gérticos"? Parece que las opiniones andan divididas en éste como en tantos otros casos históricos. Por lo pronto, una agradable mañana de domingo, uno se encuentra en el pueblo llamado Wamba, a veintitantos kilómetros de Valladolid. Hasta llegar a él el coche ha bordeado las estribaciones de los Torozos, montes este­parios y de escasa personalidad orográfica, que dan nombre a una comarca en verdad desolada y... fosca. Fosca; ¿es ésta la pa­labra? De momento, a uno y otro lado de la carretera, uno sólo ve cardos. Cardos y, más cardos. En la lejanía polvorienta, algún rebaño de ovejas. Casas de adobe. Ga­llinas picoteando en las puertas de las ca­sas. Lo tristemente clásico, en fin. Claro que uno sabe que Castilla —toda Castilla—, no es esto. Porque en las riberas del Pisuerga, a unos pasos como quien dice de los montes Torozos, el paisaje sonríe, espe­jea, exulta en provisionales y fervientes —fértiles— júbilos. Pero Castilla da una de cal y otra de arena... Esto es arena. Arena de historia si queremos; desmenuzada su­pervivencia de siglos triturados, en la que únicamente la Cosecha de nostalgias es posible...

Por eso, casi me resulta patética esta inscripción —más bien alusión— que hay grabada en la piedra de una casona de Wamba: "Todo lo que se ofrece a Dios florece." Aquí, donde, apenas fecunda nada, la Historia —empresaria incansable— ensayó con anhelo constante el cultivo de lo so­brenatural. ¿Por qué? Quizá, en gran par­te, como creación a una pobreza. Donde la Naturaleza no enseña sino pobreza, el hombre dice: "Ofrezcamos la pobreza a Dios." Y entonces, como "todo lo que se ofrece a Dios, florece", la pobreza se aureo­la de extrañas corolas fragantísimas. Y el florecimiento de la pobreza, enriquecida de Dios, se llama santidad o se llama he­roísmo. Es la lección vieja: de Castilla. La lección de Teresa de Jesús. O la lección de... Wamba.

Los naturales de Wamba —lo hemos com­probado— tienen un especial interés en que el nombre del pueblo se escriba con W. Por distracción quizá, escribíamos Vamba en el bloc, y el cura se apresuró a decirnos: Ponga uve doble. Bien; esta meticulosidad ortográfica es síntoma, seguramente, del prurito de grandeza ancestral que tiene el pueblo. Y tiene derecho a sentirse grande, sí, señor. Porque estuviera aquí o no la aldea de Gérticos —hay otro lugar en la provin­cia de Zamora que se disputa con Wamba el privilegio de proclamarse patria del pin­toresco Rey godo—, lo cierto es que Wam­ba, pueblo de Valladolid, impresiona, casi anonada. Se nos echa encima su descomunal poder de evocación, después de atrave­sar durante media hora un paraje abrup­to, horrendo, bronco. En Wamba, ha hecho la Historia su ofertorio. Y un milagro de belleza añeja se ha plasmado, como re­compensa, en un prodigio de arte por el que trepa —hiedra épica— la mejor suge­rencia de ascetismos...

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Penetremos en el templo de Wamba. ¿Es­tilo? Casi es lo que menos importa. Su be­lla portada románica (en el tímpano hay este dato: Era MCCXXXIII), sus arcadas interiores de un gótico de transición, las reminiscencias mozárabes del' crucero, la pila de agua bendita (un capitel visigótico de alabastro, del siglo VI, resto probable de la primitiva edificación), los polípticos de acusada influencia flamenca que se os­tentan en sus paramentos, los frescos —muy deteriorados— del ábside, en los que se ad­vierte a las claras el gusto islámico..., prueban que el templo, que según tradición mandó edificar Recesvinto —y en el huerto de la casa rectoral hay un sarcófago en el que se dice estuvieron los restos de este monarca—, es, decididamente, el muestra­rio inestimable de sucesivas y valiosísimas aportaciones artísticas. Pero hay algo me­jor, algo que está por encima del arte y de la arqueología, en la iglesia de Wamba. Es su densidad emocional, su tensión apasio­nada. Uno sabe por qué escribe, "tensión apasionada". Uno lo sabe y no acierta a ex­plicar. Hay que experimentarlo... Cuando yo atravesé el pórtico de la iglesia en una mañana de domingo, el canto del "Gloría In Excelsis Deo", durante la misa, incensa­ba la cálida esperanza de unos hombres con rostro del color de la tierra. Uno quiere creer que existe un anhelo en estos rostros antiguos, tan antiguos come la iglesia, tan antiguos como esta tierra austera en que te muestran clamorosos, entre la desolación unánime, coágulos obsesivos de fuerza viva, de inmarcesible orgullo que no abdica, Porque hay un vigor de fortaleza en el tem­plo saturado de recuerdos: se siente en él cómo el pasado —cercado, apresado, derro­tado— levanta aún su grito herido. Casti­lla —la legendaria, la fabulosa Castilla de sayal y yermo, de yelmo y gesta— está aquí, concentrada, sublimada, extractada, entre los muros del templo. Y los hombres —esos "hombres con el color de la tierra en el ros­tro— se saben como envueltos en un aire y en un sabor de mítica reciedumbre. Y es una impresión de admiración lo que ace­chan, lo que esperan y demandan, de nuestros semblantes, de vuestro semblante, quien quiera que seáis, cuando una vez, un día, nos ponemos en contacto con ellos, con su ambiente rezumado de siglos:

—Esto es muy antiguo, véanlo; muy an­tiguo, antiquísimo —os están sugiriendo con el gesto, con la mirada, con la sonrisa.

Y se extrañan, hasta levemente se es­candalizan, si de nuestros labios, si de vuestros labios, quienquiera que seáis, no surge espontáneo, y avasallador el testi­monio encomiástico; si no ponéis el acento de vuestra admiración en el silencio de este recinto sagrado —la iglesia de Wam­ba—, en el que parlamenta Castilla con su gloria, en el que cada alma que eleva sus oraciones debe de advertirse asistida por el coro innumerable de las almas de los muertos.

Pero hemos nombrado a los muertos...

Don Julián Foces López es el cura de Wamba. Él ha traído su Juventud apostó­lica, su celo sacerdotal, su preparación ex­celente a este pueblo, pequeñísimo y... pro­fundo, de setecientos habitantes. Está con­tento de ellos don Julián. Y orgulloso, como ellos, de la antigüedad, del mérito, de los valores de Wamba. Él nos informa, cuida­doso y exacto, de todo. Él nos conduce, fi­nalmente, al osario del templo.

Porque queda lo mejor. En una de las dependencias de la iglesia, cabe contemplar algo verdaderamente insólito: un osario de colosales dimensiones, en el que se mues­tran, en ordenada simetría, mil, dos mil..., (¿cuántos?) cráneos; cráneos humanos que edifican, empotrados entre fémures y tibias, el más imponente "muro de la muerte" que puede imaginarse. ¿Por qué están allí? ¿Quién tuvo la idea de mostrarlos de esa forma? El sacerdote no nos da una noticia cierta. Nadie en el pueblo sabe. Se dice que "la francesada"... Pero son demasiados crá­neos para una sola francesada. El caso es que esté detalle, ciertamente tremendista, del templo de Wamba, sorprende y apabu­lla. Las órbitas vacías —innumerables— ace­chan ahora vuestra impresión de pasmo. Por un momento, nos parece estar ante la presencia de un "graderío de muertos". Perdóneseme lo macabro de la expresión, pero el osario simula justamente eso, mil, dos mil calaveras, cada una con su gesto, en las que se adivinan difíciles muecas ta­ladrantes. ¿Estupenda ilustración para un tratado ascético?. No; mejor quizá, para una edición de las medievales "Danzas de la Muerte". Y se nos vienen a las mentes, las fantasías de Solana. Pero esto no es una fantasía...

Está el osario tras la fachada de una edificación que perteneció a los Templarios. Cerca, se advierten los vestiglos de una cal­zada romana. Ineludiblemente, la frase se acerca a la pluma y a los labios; no hay sino volver a estamparla: "Sic transit..."

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Próxima a Wamba, la base aérea de Villanubla. Pasamos junto á ella después de dejar el pueblo. Acaba de despegar un avión. Desde Villanubla hasta Valladolid, la carretera es espléndida,

"A Valladolid, nueve kilómetros". Pero en el indicador de carretera echamos de menos esto: "A Wamba, ocho siglos".