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NAVIDAD DE MAZAPÁN

Juan Pasquau Guerrero

en Diario ABC. 23 de diciembre de 1960

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La Navidad es el último reducto de la ternura. La Navidad es... un buen ambiente. La preparamos grata cada año desde sus prolegómenos a mediados de mes. Diciembre: sábado grande; todo él, víspera augural en que nos la prome­temos felices. Es verdad que el mundo dis­parado en urgencias detiene su carrera más o menos loca cuando va a llegar este tiempo. Y que, en estos días, cualquiera se nota, debajo de la prisa, al corazón. Qui­zá se advierte latir una generosidad, en inesperada taquicardia, dentro de la ana­tomía —recio tórax— de todos los egoísmos. Se experimenta la bondad... como una nostalgia. ¿Habéis encontrado alguna vez, entre los papeles antiguos, el retrato de un pariente muerto? Se os amarillea, enton­ces, un poco el alma; respiráis alrededor como una fragancia súbita de hojas caí­das, y decís: ¡Pobre!... Algo de eso resul­ta aparentemente la Navidad. Una deli­ciosa evocación burguesa de algo que se fue, de ideas que yacen en el olvido, de sensaciones pasadas, de bellezas encantadoramente anacrónicas. ¡Pobre Bondad! Se murió... Y os cosquillea en el espíritu un deseo leve de apacentar añejas virtu­des. Habláis de paz, de caridad, de per­dón, de sonrisa. ¡Pobre Bondad! Está muerta y hay que hacerle este homenaje póstumo. Ensoñáis a vuestros hijos con los Reyes Magos y reserváis de vuestro pecunio una parte para los pobres. Así, llega la fiesta y el corazón descansa cómodamente en una provisional almohada de lirismos y de ternezas. Sienta bien este descanso, esta efímera tregua para el disfrute de una ferviente ingenuidad… de encargo. Hasta la conciencia se aquieta un poquito. Porque la conciencia es un lebrel insobor­nable, a pesar de todo. Pero en Navidad se distrae al lebrel, se le contenta, se le ha­cen graciosas concesiones, se le dan palmaditas en el lomo, se le insinúa: "¿Ves? No soy tan malo. Tengo mi liberalidad particular, mi compasión, mi blanda en­trega, mi tolerancia. ¿Ves?..." Y el lebrel deja de ladrar. Y se acuesta a nuestros pies. Y empieza a parecer un perro de aguas con pelambre rizadita y mimosa. "Felices Pascuas", '"Felices Pascuas", "Fe­lices Pascuas", "Felices Pascuas". Las tarjetas y los christmas se amontonan: forman una tarta de amabilidad que alza sus to­rres de merengue sobre el movedizo cimien­to de una sensibilidad garrapiñada.

Uno no sabe si siempre, siempre, nos vamos a conformar con una Navidad así, tan inocua, tan convencional, tan dulce­mente artificiosa, tan intrascendentemen­te sentimental... (¿Tan turbadoramente cursi?)

Porque es lo cierto que la celebración navideña —esa flor de invernadero— tiene su origen en un hecho de dimensiones apoteósicas, sobrehumanamente grandes. La Navidad conmemora nada menos que la Encarnación del Verbo con el subsi­guiente corolario sobrenatural del "Dios hecho Hombre" para la Redención del hombre. Algo tremendo y descomunal; algo maravilloso que hizo estremecer de pasmo a los Coros de los Ángeles.

Uno no sabe si hemos empequeñecido a la Navidad, minimizando su significado. De todas formas, se la piensa menos que se la gusta. Un niño de pocos años me ha dicho que él, hasta ahora, no había sabi­do que las almendras dulces de la Noche­buena... tienen almendra "de verdad" dentro. Creía, por lo visto, que eran obra exclusiva de la confitería y que nada po­nía el piñón —el de las piñas de los árboles— en la peladilla. Yo voy creyendo que una cosa semejante pasa, en la ma­yoría de los hombres, con la Navidad: Hemos olvidado la Idea que lleva dentro a fuerza de mediatizarla, a fuerza de en­volver en arrape a la Verdad. Pienso si al llegar esta época del año la Bondad, y la Paz, y la Buena Voluntad, no protestarán un poco de que se las presente como vir­tudes de repostería para el buen "con­fort" de nuestro ánimo, cuando ellas cla­man más bien por una vigencia pujante, desnuda, ardorosa y fuerte en el pensa­miento y en la acción de los hombres. Deben de estar descontentas, sí, de que las convirtamos en evocación, en poética nostalgia, en vaporoso anhelo o en "fino regalo", cuando pugnan por hacerse car­ne y sangre de eficacia en la existencia de cada persona redimida. Redimida por Aquél que quiso nacer en pobreza radical y determinó, al vestirse de hombre, inhi­bir el esplendor, el enjoyado visible de su Divinidad misma. Pero los cristianos he­mos hecho de la Navidad una "clase de adorno" cuando es, ante todo, una fun­damental Lección de fe y de Amor. Lec­ción que demanda discípulos, no cantan­tes... Temo que hay un retablo de Navidad, recargado, redundante y hueco, cuando lo que urge es un altar de Navi­dad; un altar —si se me permito decirlo— más bien funcional.

Cristo nace para que la Bondad resuci­te militante, no para que la bonanza es­pejee en melancolía de atardeceres. Y, ¿no quiere Él que la Paz sea, un poco, la obra viva de cada uno? (La obra "viva" y actual de los hombres; no el daguerroti­po de perfumadas memorias.)

Un coro de voces exultantes está —en el templo— entonando el "Gloria". Atención al disco... Hay que creer que lo decisivo en la solemnidad navideña es que haya enamorados que cuando ella viene sientan, y consientan, el deseo de hacer con la propia vida un verso de ofrenda y alaban­za. Pero lo del sentir sin consentir—lo que los demás hacemos—es... literatura.

¡Felices Pascuas! Pero, por Dios, que no hagamos también del Amor una figura de mazapán.