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PENSAR, CAVILAR

Juan Pasquau Guerrero

en Diario ABC. 15 de mayo de 1964

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Pensar es operación luminosa, casi gozosа; pero cavilar no es ya tan saludable. El pensamiento esclarece, pero la cavilación pone una sombra en la0 frente. En lo que a la inspección intima sе refiere, es bueno que cada, hombre se mire adentro. Pero ¿hasta qué ponto he­mos de ser profundos en este sentido?

Tema incitante: la hondura. Hay en la profundidad zonas tremendamente oscu­ras. La psicología, de Freud acá, preten­dió actuar de linterna para poder caminar a lo largo de las abisales galerías, de las criptas recónditas. Pero cada momentáneo atisbo descubre honduras nuevas. Es in­útil. El centro del hombre es tan descono­cido como el centro de la Tierra.

Hay que sospechar, no obstante, que el centro —precisamente el centro— no es en el hombre lo más interesante. La misma subconsciencia no paso de subsuelo. Sub­suelo en que se asienta la personalidad. ¿Y acaso la vida del hombre articula en la subconsciencia sus funciones esencia­les? Ni la libertad, ni el pensamiento, ni la fe, habitan en el fondo. Más bien arborecen en la superficie. Lo exterior, mejor que lo interior, nos define. Existe un caos confuso y atávico de deseos sin for­ma, que es "especie": como pugna una geología descomunal, bajo la corteza terrestre, que es "astro". Pero nada aclararía diciendo que la Tierra es un astro, lo específico de ella es lo que vemos afue­ra, no lo que duerme en la ciega hondura, indistinta. Lo que la caracteriza es lo que "añade" al astro. El "mas", que diría Picard.

¡Ah, el hombre! A veces empieza a ca­var ingenuamente en sí mismo, a cavilar. Error. Muy dentro, ¿qué vа a encontrar, sino... astro? ¿Busca espíritu? El espíri­tu no es piedra que se arranca de la can­tera, sino aire y luz, atmósfera vivifican­te. Afuera —no en la mina— sopla la bri­sa que pone un frescor a las potencias. Afuera llueve, y calienta el sol, y concibe la tierra generosa, y se oye el viento. Afuera el hombre es hombre. Pero... ¿dentro? Los senos biológicos del hombre apa­recen como mera zoología, apenas se di­ferencian de los senos biológicos del caballo. No hay que descender s ellos en busca de consejo. Es en la zona expuesta a la luz y al acontecer de cada jornada donde pensamiento y acción florecen, donde las ideas rotulan en visible lógica el paisaje vital, donde la roca hostil se cu­bre de prado verde. El "ecúmeno personal'' del hombre, el mundo habitado de espíri­tu y gobernado por la razón, es, riguro­samente, un mundo "superficial". Pueden escandalizarse los fanáticos de lo profun­do que excavan galerías interminables hasta topar sádicos los pozos de la angus­tia. Pueden rasgarse las vestiduras los san­tones profesionales del tenebrismo, que a tientas buscan su dios en el arcano de su entraña. En verdad Dios está fuera, y el hombre ha de "salir" a su encuentro. Como que sólo el misterio de Él cuenta para po­der aclarar un día los enigmas del miste­rio personal de cada uno. Empero, cuando el hombre se sume, se encierra en su con­cha, cuando se hace kafkiano, queda sin protección, orgulloso e impotente dentro de su fortaleza sitiada.

Buena regia para el pensar el cuidar la vista. Es decir, que el conocimiento apor­te figuras y cosas —orden— a la mente: que las sensaciones y las ideas que del exterior nos llegan corrijan y aplaquen y domen el magma interno. Los ojos están por algo debajo de la frente. El pensamiento se convertiría a lo subrepticio, a lo onírico, sin el freno de la objetividad que la mi­rada implica. Mirar siempre hacia dentro da vértigo. Mejor es mirar arriba. Las estrellas no don vértigo. Yo no sé si el pen­samiento, si el arte, si la filosofía de nues­tro tiempo han optado por arrancarse los ojos. Desde luego, el tema artístico no está, ya en casi ningún caso fuera del artista, ha escrito Pretorius. Quien, generalizando más, ha dicho: "El yo realiza todos sus viajes dentro de su propia casa..."

¿Qué vamos a esperar de todo esto? Es curioso: cuando la técnica va a alcanzar la Luna, a ciertos pensadores acomete la manía espeleológica. Afuera, la creación esplende y el Creador aguarda el tributo. Afuera, la tierra de labor que demanda el cultivo, la palabra que quiere ser escu­chada. Y, sin embargo, el hombre "pro­fundo" prefiere la caverna y atiende al grito. Grito inarticulado, que ignora el verbo...

Si el pensamiento es casi una oración, la cavilación obstinada es casi un pecado.