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María Santísima de la Amargura

Juan Pasquau Guerrero

en Revista Vbeda. Año 5, Núm. 51, 10 de marzo de 1954

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«Stabat Mater Dolorosa». Si el horrible deicidio, si el cruel drama del Calvario necesitaba un contrapunto de feminidad, estaba María. Estaba, enjugando en su amargura de Mujer Madre, la Amargura del Hijo, el Dolor del Maestro de los mártires.
Ninguna cosa como el dolor, necesita de compañía... Se lastimaba aún más el dolor de Cristo en todas las aristas de la incomprensión; sangraba su tristeza herida, al pasar por las almas egoístas, como guijarros. Sólo la compasión de la Madre hacía hueco, hacía piedad, a la Pasión del Señor. Era la Ternura, la suprema ternura encajando en su supremo corazón toda la anchura de la tragedia. Era un cáliz de humanidad para la Sangre de Dios; era un ánfora blanca para las lágrimas del Justo; era un Testamento vivo para la Voluntad del Hombre.
Si la Virgen María no fuese una realidad teológica, una verdad eficiente y palpitante, representaría en la Historia el Símbolo más bello, el Mito más azul de la existencia. Pero por fortuna Ella existe; existe Ella como existe Dios y la Liturgia se adorna de primavera para alabarla; se ilumina de poesía la súplica al invocarla en las deprecaciones metafóricas de la letanía lauretana; florece la oración en auroras de esperanza en la ascensión de la Salve, como un incienso entre los inciensos.
Ahora, en Semana Santa, Ella, la Virgen es, ante todo, «Mater Dolorosa»; nos enseña Ella su Amargura. Una Amargura que no la rinde, que no la derriba, que no la vence, porque es una Amargura que ha encontrado fortaleza de la Mujer, y en vano es batida la fortaleza de la Mujer. Porque María estaba: junto a la Cruz, Península de Humanidad; istmo de Amor tendido hacia las playas eternales en la hora oceánica, procelosa, de las Tinieblas; puente de la Gracia alzado sobre la riada sucia y desbordante, pútrida y rota. «Stabat Mater», estaba María y su presencia redime, con su luz, el escenario oscuro. Redimió Jesús a los hombres en el Gólgota; junto a la Cruz, María redimió al Gólgota mismo.
En esta imagen de Juan Luis Vasallo, de la Cofradía ubetense de «Jesús de la Caída», ¿qué ha plasmado el artista? Es una Amargura que el Corazón de María ha cernido en lluvia fina, fertilizante; en un Dolor —inmenso dolor— en que rielan las estrellas. Es una Pena que Ella nos refleja, germinada ya de soles nuevos.
Ver original en la Revista Vbeda