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CALIDAD DE VIDA

Juan Pasquau Guerrero

en Diario Ideal. 29 de julio de 1977

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Después de votar, viene como un descanso. La política es un necesario y, en ciertos momentos, además, urgente afán. Pero ya está, ya hicimos las elecciones, ya cumplimos todos con nuestro deber. Por eso, si la atención de cada uno debe seguir alertada respecto a la cosa pública, ya, al menos, podemos proceder a la distensión en el plano individual, dejando a gobernantes y políticos que sigan ellos en el noble empeño, en la lucha dialéctica, en el proceso acuciante hacia la búsqueda de soluciones. Ellos, gobernantes y políticos, necesitan indudablemente de la colaboración de todos. Pero precisamente nuestra colaboración —como hombre de la calle hablo, desde mi profesión opino, a partir de mi trabajo pienso— debe consistir (una vez cumplido el voto) en regresar a nosotros mismos, facilitando la buena política, con la personal decisión de cumplir el deber cotidiano a que nos compromete no un partidismo, sino una ciudadanía, y no un deseo de beligerancia, sino un propósito de honradez. Entonces, ello implica también una política —pero política de «politesse»— a nivel de convivencia en las relaciones humanas y de ahondamiento, de «interiorización», en el cultivo propio e intransferible de la individual empresa.

No hay que darle vueltas; para contribuir al desarrollo social, para ofrecer a los demás lo que tenemos y somos, hay que empezar por ser y tener. Es precisa una intimidad en el hombre, que, haciéndole consciente de sí y de sus deberes, se prepare para la acción con vistas al beneficio común. Lo primero, ser persona, cuidar el propio huerto, empezar a partir de la soledad trabajos, fervores, negaciones y abnegaciones, que repercutan en la mejora. ¿Qué mejora? Los hombres de la política —que por vocación, por delegación y porque su especialización sería esa— están obligados a facilitarnos un aumento común de seguridades, de derechos humanos, de orden público, de condicionamientos económicos. Pero quienes estamos fuera de la profesión política, hemos de basar nuestra contribución al ordenamiento social, mejorando, precisamente, la calidad de vida. Ya que la moral, la ética, la honradez, la sensibilidad, la laboriosidad, el sentido religioso, el buen gusto, la cortesía, la buena educación, tan necesarias para cualquier florecimiento social, no son logros que puedan legislarse en las Cortes, no son «disposiciones» que hay que esperar en el Boletín Oficial del Estado, sino decisiones y propósitos nacidos en el seno de la personal libertad, anterior a las libertades otorgadas. Calidades son que cada uno debe promulgar en su recinto, sin aguardar el asenso del contexto. Pero, ¿no solemos hacer al contrario? Con frecuencia escribimos el «texto» inspirados por el contexto. La misma semántica enseña que el texto es previo al contexto. ¡Qué disparate hacer del margen de la página la calidad de la página!

Es el «lujo de la propia conciencia», que diría el físico Max Born, lo que cada uno tiene al alcance de la mano. En este sentido, a nadie falta el quehacer. Pero, quizás, en enormes sectores, hay una «paro de conciencia» espantoso ¿Acaso el sentido del deber, para hacerse patente en cualquiera de nosotros, pende, por ejemplo, de la formación de una fuerte mayoría parlamentaria? Entonces, todo sería, quizás, «andar y desandar la tristeza», como escribe la poetisa Trina Mercader. «Me crece la materia que me escombra» insiste ella, aludiendo a la acepción «cuantitativa» que solemos dar al mejoramiento del hombre. Porque, en efecto, nos enfrascamos en el más, —más fuerza, más dinero, más conocimiento, más vida— y apenas en el cómo. Pero es de la armonía —de la distribución de la belleza y de la riqueza en la persona y, por ende, por repercusión en la sociedad— de lo que depende esa muestra de equilibrio que está llamado a ser el hombre. Un equilibrio biológico y también psicológico que basa su «espécimen» de encanto más en lo que le falta que en lo que abunda. Camón Aznar decía de las estatuas griegas que «su arte radica en lo que no está». Por eso, «una leve melancolía — dice— es la expresión más pura de la gracia helénica». Sustancialmente el hombre es una realidad y un horizonte en cuyo paraje y en cuya proyección hay algo que no está. O algo perdido. La Civilización y la Cultura es el proceso de búsqueda de ese algo que no está. El error ocurre cuando la Cultura —y desde hace algún tiempo parece haberse decidido a hacerlo así— prefiere buscar sola, sin el alto auxilio.

«Yo me arruinaría si tuviese que comprar la pobreza», escribió un pintor contemporáneo millonario. Es la paradoja a que nos lleva la civilización cuantitativa. En el plano del espíritu y de la espiritualidad también es carísima la pura y limpia Sabiduría. A la Sabiduría se llega por reducción y selección, no por abundancia. La Sabiduría es pobreza incorruptible, más allá o más acá de la abundancia de conocimientos. Los conocimientos, ¿qué son, qué deben ser, sino moneda para comprar la pobreza de la Sabiduría?

Bien. Ya hemos votado. Regresemos a nosotros mismos, para, desde la interioridad, desde el personal pensamiento y el trabajo propio, preparar el camino del bienestar social. No es viable el bien-estar sin el bien-ser, enseñaba Teilhard de Chardin. En efecto, gobernantes y políticos parecen obligados a arreglarnos la estancia, a facilitarnos el estar. Pero el ser y la calidad hemos de procurarlo nosotros. Es nuestro primer deber moral... e incluso político.