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VERSOS DE RILKE

Juan Pasquau Guerrero

en Diario Ideal. 10 de mayo de 1972

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Rilke: un poeta que mete dentro, muy dentro, su arado. Porque hay poetas, simplemente sembradores, que esparcen su buena semilla de palabras transfiguradas. Pero, ¿puede bastarnos ya un lirismo? La poesía degustada sorbo a sorbo es «recreo» para el espíritu. Ahora bien, cuando un poeta, además de palabras, manipula verdades y ahonda el rejo de su inspiración en los subsuelos metafísicos y místicos...

Me interrumpo. No está bien que yo acabe de escribir de los poetas que «manipulan» verdades. Mal escrito. Merleau Ponty ha protestado hace poco del «homo manipulandum» que está a punto de aflorar cuando el régimen de cultura que, a lo peor, nos traen las computadoras, empiecen a borrar fronteras entre el bien y el mal o entre fealdad y belleza. No; el poeta no puede ser manipulador de nada. Quise decir que poetas como Rilke, más atentos a las raíces que al follaje, son necesarios para esta hora histórica que reclama trascendencias, aunque la reclamación se bocine y orqueste de manera bien confusa y bien difusa. Rilke murió en 1926, pero yo creo que tiene soluciones actualísimas a bastantes preguntas. Al menos Rilke orienta, pone en la pista. E ilumina.
El problema de Dios. Hay gentes que piensan, poco más o menos, que Dios ha de acudir al timbrazo de nuestras necesidades como un ujier. Y como no acude como un ujier, esas gentes terminan por ignorarlo. Escribe Rilke: «No puedes esperar ahora hasta que Dios llegue a ti —y te diga: «Yo soy»—. Tienes que saber que Dios sopla a través de ti desde el comienzo». Toda esta barahúnda de una religión humanística, todos esos disparates engarzados y acollarados de la «teología de la muerte de Dios», vienen de la desesperación de no ver y palpar y «verificar» una divinidad contante y sonante. Somos unos estúpidos impacientes. A Dios hay que esperarlo y la misma oración es —como Buffon decía de la sabiduría— una larga paciencia. Rilke previene contra un neo-racionalismo que aspira a localizar a Dios, encuadrándole en coordenadas o situándole, como a una isla o a un barco, una vez conocidas longitud y latitud. Rilke es genial cuando al revisar los conceptos al uso de Dios se detiene en el atributo de «grande». «¿Qué es grande?», se pregunta el poeta. «¿Qué es grande? A través de todas las medidas que EL recorre va la magnitud de su destino». La grandeza es un concepto humano, doméstico. Dios sobrepasa el concepto. Considerando el misterio de la adoración de los magos, Rilke, en un bello apóstrofe a la Virgen exclama: «¿Ves? Estos reyes son grandes, y arrastran sus tesoros para ponerlos en tu regazo / y tú quizá te deslumbras también en este tóxico / pero contempla en los pliegues de tu vestido, cómo él sobrepasa ya todo eso».

Y es que Dios es, precisamente, el que sobrepasa. Y cualquier palabra ante El se nos queda menuda y estrecha. Entonces la presunción de entenderle y analizarle desde nuestra perspectiva es ridícula. Dios tiene tanta verdad que ciega. Otro verso de Rilke cuenta bellamente la experiencia mística. ¿Qué es la experiencia mística? El místico es un asustado —gloriosamente asustado— de la inmensa luz y de la inmensa fuerza divina. La mística es una respuesta al cristianismo desacralizador que quisiera hacer de Jesús un camarada más. ¿Por qué confundir el amor de Dios al hombre con una solidaridad campechana? ¿Miedo al Señor? No, nada de miedo. El miedo es otro concepto exclusivamente humano, inservible, por tanto, para nuestras relaciones con quien, esencialmente, es el Otro. Y nuestro encuentro con El, agotada la fase de nuestra esperanza, presiente Rilke en unos versos que aúnan, en su más alta graduación, el patetismo y la belleza. ¿La hora de la muerte? El poeta la describe así: «Hasta que de un ayer / suba la hora más solitaria de todas / la que sonriendo, distinta de sus hermanas / guarde silencio en presencia de lo eterno». Una hora solitaria sonriendo distinta a sus hermanas. ¿Cabe expresar el trance de muerte de manera más profunda y más bella? Pero es que antes, Rilke, concibe a la vida como radical nostalgia. «Esta es la nostalgia: habitar en la onda / y no tener patria en el tiempo. / Y estos son los deseos: quedos diálogos / de las horas cotidianas con la eternidad».

De cierto, al menor descuido, nuestras horas cotidianas pierden el hilo de ese diálogo y olvida la vida —la nuestra, la de cada uno— su condicionamiento nostálgico, su limitación de «habitar en la onda». Entonces llega la frivolidad y el despiste. Y ya —vueltas y vueltas— el mundo marea. Y angustian las razones emancipadas de la verdad que asusta, de la verdad que salva. Va a hacer pronto medio siglo que murió Rilke. ¡Qué desdibujada estaba ya, entonces, la verdad entre las cosas! El poeta sabe que toda la creación debe al Señor la devolución de su imagen. Y se entristece: «¡Cuando de todas las cosas exijas que te devuelvan tu incompleta imagen!»

Lo trágico es que van siendo ya mayoría los hombres que no saben que tienen que restituir, que tienen que devolver a Dios su imagen. ¿Qué hemos hecho, qué estamos haciendo, de la imagen incompleta de Dios que somos? Cada día más manchada, más desvirtuada, más incompleta, ni nos reconocemos en El ni lo reconocemos en nosotros. Devolver. ¡Quién habla de devolver! Nadie quiere devolverle nada.
Nadie. Y la explicación es simplista. El no acude a nuestros timbrazos, a nuestras llamadas, a nuestras urgencias baratas. Entonces se le despide como a un ujier que no cumple. A lo más, decimos que se esconde. «Deus absconditus.»

¡Dios escondido! ¿No será que lo tapamos? «Tienes que saber —insiste Rilke— que El sopla a través de ti desde el comienzo.»