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EL PORVENIR DE LAS LETRAS

Juan Pasquau Guerrero

en Revista Vbeda. Año 8, Núm. 92, septiembre/octubre de 1957

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Primero fueron las Armas y las Letras: esto es, de un lado, la guerra y, de otro, la Cultura. A cualquier hombre, en trance de elegir carrera, se presentaba esta opción verdaderamente poco complicada. O se servía para una cosa o para otra. Casi no había términos medios. Y casi nunca —el doncel de Sigüenza, claro, puede ser una excepción— se servía para las dos cosas.

El Renacimiento, complicó las cosas. Secularizada la cultura, sus predios, antes dedicados en gran parte al monocultivo teológico se diversificaron prodigiosamente. Y surgieron «las ramas del saber». Porque antes, el saber era indiferenciado, casi enorme y casi confuso. Fue el Renacimiento quien hizo la «división del trabajo» del saber. Y entonces, a la antinomia entre las Armas y las Letras, sucedió la oposición entre las Ciencias y las Letras. (Con la conversión del guerrero en militar —que diría Ortega— el oficio de las armas empezó, al fin y al cabo, a ser un oficio letrado; ya las armas, no eran, pues, algo distinto a la cultura: ya estaban dentro de ella.)

Pero es obvio, el Renacimiento que adopta un matiz marcadamente humanístico, el Renacimiento que si se estudia superficialmente no es sino un inusitado florecer de las artes y las letras, tiene sin embargo, en su raíz profunda, una significación eminentemente científica. Hasta el punto que la veloz carrera de la Ciencia arranca de él. No sé si sería acertada la expresión de que el Renacimiento fue una meta de las letras y una catapulta de las ciencias ya que lo que, después, vino en el campo humanístico careció sustancialmente de novedad mientras el campo de la Ciencia se agrandaba increíblemente. El empirismo que es, naturalmente, el método idóneo para las ciencias experimentales, servía bastante menos para las ciencias del espíritu. El Renacimiento —viene a decir Bergson— fue un cambio de vía de la Cultura. El humanismo fue cediendo el paso a la Técnica y la Civilización al Progreso.

No quiere decir esto que las disciplinas del espíritu no hayan seguido floreciendo después del Renacimiento. Lo que sucede es que... han fructificado poco. El hombre medio de hoy —por ejemplo— lee más que el de otras épocas, pero su carácter permanece más bien impermeable a las sugerencias filosóficas, éticas o estéticas. La cultura literaria y, en un sentido más amplio, el humanismo, no está en el ambiente. No se viven las preocupaciones de orden puramente humano, aunque, profusamente, se las cite o se las exponga. En todo caso se «profesa» la cultura; rara vez se la ama.

En el tiempo nuestro, peligrosamente sojuzgado por la Técnica, a la cultura humanística se ofrece un porvenir precario. La Ciencia se salva porque, al fin y al cabo, es la premisa indispensable de la Técnica si bien es verdad que, por sí misma, va importando poco a las gentes y, lo que es peor, a los estudiantes. Es sintomático que los estudiantes de ahora al terminar el bachillerato, rara vez muestran apetencias específicamente culturales. Siempre ha habido un contingente de estudiantes hacia las carreras o profesiones que «dan dinero»; es natural. Pero hasta hace poco, la vocación personal de cada uno era, sin embargo, un factor todavía decisivo en el momento de la elección: se estudiaban ciencias o letra con vistas al brillante porvenir, sí, pero, al mismo tiempo, teniendo en cuenta la disposición personal que cualquier «profesión liberal» exige... Es sintomático el enorme incremento actual de las Escuelas Especiales, de los peritajes, de los técnicos de cualquier índole. Es sintomático que, dentro de la Universidad, las facultades de Filosofía y Letras empiecen a nutrirse de señoritas casi exclusivamente. ¿Qué porvenir aguarda a las Letras? ¿Qué va a ser del Humanismo? En el año dos mil, ciertamente, seguirá habiendo filósofos, literatos y artistas. Pero sospechamos, vagamente, que en el año dos mil el Arte, la Literatura, la Filosofía van a ser, para la Humanidad, nada más un bello pasatiempo: van a dejar de influir positivamente en una Sociedad totalmente intervenida por la Técnica. Si Dios no lo remedia.