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EL FRÍO EN CRISIS

Juan Pasquau Guerrero

en Revista Vbeda. Año 9, Núm. 9, noviembre/diciembre de 1958

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—En provincias, hará más frío que en Madrid, ¿verdad?— me decía no hace mucho una señora.

Porque... ya se va domesticando al frío en las grandes ciudades. Todas las cosas son susceptibles de humanizarse, o, por lo menos, de doblegarse bajo las «horcas caudinas» que el hombre les tiene preparadas. ¿Será, en efecto, dentro de poco, diferente el frío de la capital al frío de provincias?

Los esfuerzos de la Civilización, desde Neandertal acá, parece, han tendido a que la Naturaleza, poco a poco, deje de ser inapelable. La Prehistoria, por lo visto, era eso: absolutismo pleno de la Naturaleza. No cabían expedientes contra el calor o el frío, contra el día o la noche, el viento o el mar, la selva o el desierto..., el león o la mosca. De ahí, el pavor del hombre primitivo. Hoy, ¿quién siente pavor frente a nada? La Civilización fue tendiendo trampas a la naturaleza. Todo ha ido cediendo ante su astucia. Por supuesto que, aunque el hombre tardó más tiempo en burlar a las moscas que a los leones, justo es reconocer que, uno a uno, los animales, todos, han ido deponiendo su astucia. Lo mismo, las cosas. Ahí está la física... Primero, la física, ¿no debió ser algo desconcertantemente aburrido, tremendamente monótono? Todas las cosas obedecían a unas leyes hasta el extremo fundamentales, hasta la fatalidad rigurosas: la gravedad, la inercia... ¡Vaya férula! Hasta que los artilugios mecánicos, empezando por la palanca y la rueda, y siguiendo por todo lo demás, le dijeron a las leyes fundamentales:

—¡Calma!

Y las leyes fundamentales empezaron a entrar en razón. Porque la historia de la física es la historia del «se obedece pero no se cumple». ¿Es que acaso la Técnica, enel largo camino que media entre la poleo y el proyectil a la Luna, se ha puesto jamás «fuera de la ley»? Al contrario, la Técnica no es sino el esfuerzo de vencer a lo establecido, paradójicamente, a fuerza de obedecerlo. (¿Cómo el general De Gaulle?) Ningún aeroplano ha dicho todavía que las leyes de la gravedad no son ciertas y plausibles; lo que sucede es que el aeroplano tiene una manera distinta, original de obedecerlas. Todos —los hombres inclusive—, le rendimos pleito homenaje al caer; él, al subir. La Civilización, claro está, es lo contrario de la Magia. La Magia creyó que para vencer a la Naturaleza había que ponerse en contra, había que sublevarse. Así le fue a ella.

En fin; que a pesar de que la Civilización —ya casi nadie le llama Progreso— ha ido amansando a toda la Historia Natural, a toda la Mecánica, a toda la Geografía y a toda la Química —el Bachillerato entero poco más o menos— todavía quedaba casi campeando por sus respetos la Meteorología completa. En lo que al calor y al frío se refiere, la batalla está siendo larga. Todavía, sí, se suda en Agosto y se tirita en Enero, pero tiempo al tiempo. Muchos objetivos han quedado rebasados, ¿no? ¡Aquellos primeros inventos del abanico y de la chimenea!... Siguieron, la horchata y el brasero, tan mediocres aún... Luego, el ventilador y la calefacción casi pertenecen ya a la época romántica. Ahora estamos en la operación «aire acondicionado». Seguiremos. Algún día —hay que asegurarlo— el frío se habrá domiciliado en provincias. Así como la religión del imperio, se acogió en su tiempo a los últimos reductos del campo y de las aldeas, «de los pagus», ¿no puede llegar la ocasión en que el frío, en derrota, se refugie en los pueblos y villorrios haciendo de cada uno de ellos un bastión contra las embestidas del progreso?

Llegará un tiempo en que cuando alguien, al acercarse la Navidad, por nostalgia de ánimo, más que por otra cosa, diga «Tengo frío», le contestarán para sonrojarlo:

—«Cosas» de Peñaranda de Bracamonte.

MIGUEL H. URIBE