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LAS FICHAS DEL DOMINÓ

Juan Pasquau Guerrero

en Diario Ideal. 2 de abril de 1975

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La antropofagia parece que es ya una excepción... muy excepcional. Esto no quiere decir que el «salvajismo» —ese estado de primitivismo de los pueblos que aspiran a la barbarie (nada más que a la barbarie) como la barbarie aspira a la cultura— no se de, todavía, a ráfagas en nuestro mundo. Aún más: persisten pruebas, y hasta ostentaciones, de salvajismo en países que pasan por civilizados. En estos días, vuelve el Vietnam a un primer plano. Los «horrores del Vietnam». Más de trescientos mil viejos, mujeres y niños huyen ametrallaos, acometidos por el Vietcong: mueren ahora los vietnamitas del Sur protegidos por el Occidente como los comanches en los «filmes». Así es que quizás haya cesado en nuestro planeta la antropofagia, pero cada día comprobamos que la crueldad más despiadada y los métodos bélicos más expeditivos, es decir, más trágicos y más inhumanos, coadyuvan a hacernos pensar que el tinglado de la civilización puede no pasar de tinglado: de fachada tras de cuya apariencia el vacío moral deja sitio a cualquier aberración. Lo de comerse la carne del vencido era una crueldad apendicular, complementaria y quien sabe si... funcional. Basta el empeño carnicero de exterminio, es suficiente el horrible cuadro de violencia llevada al límite que cada día nos llega en prensa o en televisión, bien ilustrado con imágenes, para sospechar que el hombre paleolítico, con su enorme basto de piedra, si no era más cruel en sus trifulcas tribales, a la falta de ametralladoras, bombas, aviones, carros y demás «instrumentos de disuasión» se debía.

Se está cumpliendo en Vietnam lo de la «teoría del dominó», que decía Alfonso Barra. La caída, en la guerra, de un país, precipita la del país vecino. Vietnam, Laos, Camboya, se derrumban en serie. Indochina entera, desde hace muchos años, es un estruendo revuelto. Pero... ¿hasta donde va a repercutir el desplome? ¿Cuál va a ser la última ficha volcada? Ha declarado Thompson que «desde Napoleón no se había conocido una retirada igual» y que «todo el mundo occidental» antes o después sufrirá las consecuencias de esta derrota. Alguien llega en sus trenos a escribir que lo que ocurre en Vietnam del Sur plasma «la rendición estratégica, día tras día, de lo poco que queda del llamado mundo libre más allá de San Francisco y de Nueva York».

...Pero nos quedan nuestras quinielas, nuestros partidos televisados, los festivales de la canción y los puentes festivos de viernes a lunes para medio olvidar u olvidar del todo cosas como éstas. También a nosotros nos han subido el precio del azúcar y no nos falta una huelga o una subversión que llevarnos al comentario para que no nos remuerda la conciencia de tranquilidad; para defendernos de nuestros desentendimientos arguyendo que «también aquí hay conflictos y precauciones». Es la manera de dar carta blanca a una frivolidad —«la ciudad alegre y confiada» de Benavente— que se obstina en no creer en la tormenta y que ni siquiera cuando truena se acuerda de Santa Bárbara.

Porque probablemente es de mal gusto estar atentos a los profetas de la catástrofe, entera y absolutamente pendientes de sus presagios y de sus augures. Sin embargo, tampoco puede, tampoco debe, esconderse el pico bajo el ala. Es una manera de suicidio. Estas guerras «locales» —Vietnam e Israel, las últimas— que se nos ofrecen casi como espectáculos de sobremesa en todos los hogares, después de la sonrisa dentífrica y antes de las declaraciones de los futbolistas del Real Madrid o del Barcelona, ¿son de verdad cuestiones lejanas y tan desconectadas de nuestro hilo vital que «qué vamos a hacer nosotros»? Pertenecemos a un mundo tan orgánicamente tramado por fuera y tan íntimamente desligado por dentro, tan familiar y tan hostil, tan de todos y tan de nadie, con tantos intereses comunes y con tantas ambiciones en lucha, que los motivos para la desazón son graves y constantes. No, no va a seguir en pie nuestra ficha de dominó si todas las otras se abaten sobre el mármol. Puede engañarnos nuestra «civilización», esa falsa seguridad que da un bienestar histórico momentáneo; ese alejamiento en que vivimos de las zonas de fricción, de la violencia máxima. «Es que nosotros somos europeos». «Aquí no puede suceder lo que en Vietnam, lo que en Oriente Medio». «Aquí hemos llegado a unas cotas de cultura que…» Está claro que tenemos un sentido estético muy desarrollado. No aceptamos en el coche una línea anticuada, ni que asome lo más mínimo al descubierto el tubo de la fontanería oculta porque haría feo. Nos preocupa la forma de la copa de la cafetería. No toleramos el tacón gastado, erosionado, del zapato de «ese pobre hombre». Estamos civilizadísimos: tenemos un sentido de la estética, del estilo. Y una piscina, y unos bonitos óleos en casa. Y dos o tres colecciones de «Obras completas»...

Sí, sí: estamos muy civilizados... Bueno, pero yo he leído, acabo de leer, en un filósofo: «La crueldad no impidió nunca a ciertas tribus realizar delicadísimas labores artísticas y escultóricas. Es mal corriente que los defensores de culturas atrasadas se atengan a los éxitos artísticos de los aborígenes y pasen distraídamente por los sacrificios humanos y los ritos sangrientos». No nos fiemos nunca. No nos fiemos tampoco nosotros de nuestras «culturas adelantadas», arguyendo nuestra estética y nuestros artistas, nuestro probado buen gusto, nuestra sensibilidad que detecta el tubo de fontanería mal colocado, el tacón gastado, la línea anacrónica del coche, la mala cristalería... No nos engañemos. Puede tratarse de una defensa falaz frente a nuestros ritos sangrientos que momentáneamente soterrados, pueden un día u otro salir a la superficie. Cuando el derrumbamiento en serie de las fichas de dominó afecte a la nuestra.