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PARÁBOLA DE SAN CRISTOBALÓN Y LA LECHUZA

Juan Pasquau Guerrero

en Diario ABC. 16 de junio de 1965

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(La ciudad de Baeza va a rendir homenaje a Antonio Machado)


Suceso mínimo de la tarde doliente: «Por un ventanal / entro la lechuza / en la catedral». ¡Cómo llueve en los campos de Baeza! Es el invierno de 1913... Cuando el profesor de lenguas vivas del Instituto tome asiento esta noche en la tertulia del fondo de la botica, los labradores allí presentes estarán frotándose las manos de puro gusto: «¡Y van / las habas que es un primor...». Se platicará en el casinillo de lo lindo al calor de los braseros. Se hablará de política, por supuesto: «Yo no sé / don José / cómo son los liberales / tan perros, tan inmorales». «Oh, tranquilícese usté, / pasados los carnavales / vendrán los conservadores, / buenos administradores / de su casa. / Todo llega y todo pasa...».

Concurrirá de seguro el profesor a la tertulia de rebotica cuando anochezca. ¿Hastío de la vida provinciana¿ («Tic-tic, tic, tic... Ya pasó / un día como otro día, / dice la monotonía / del reló.») No faltará al pequeño «cónclave», pero el caso es que, ahora, al empezar la tarde, ha penetrado en la catedral. ¡Santo Dios! Ha entrado en la iglesia Antonio Machado. ¿A qué? De seguro, tras los visillos, algún alma ingenua se escandaliza. Tiene el pobre una fama... («En Santo Domingo, / la misa mayor. / Aunque me decían / hereje y masón, / rezando contigo, / ¡cuánta devoción!»)

El poeta en la catedral. La fe del profesor de lenguas vivas de Baeza es una fe sin perfil, desflecada, vaporosa, rota, porque —él lo ha dicho— «se le perdió Dios entre la niebla». En el silencio umbroso del templo, sin embargo, le duelen al poeta sus más íntimas, sus más recatadas heridas. Porque de su devoción queda, al menos, la cicatriz. Como tantos de su generación, don Antonio conserva el cuenco de la creencia, aunque la fe se le haya ido evaporando. En ese vacío, en esa ruina, hay musgo de melancolía; en ese hueco gime la nostalgia de Dios. ¿No padece él una fatiga intelectual? Cansancio de sus libros. («Sobre mi mesa / Los datos de la conciencia inmediatos».) ¿No le acosa, a veces, la visión inquietante, el tema ineludible? («Soñé a Dios como una fragua / de fuego, que ablanda el hierro...»)

Antonio Machado piensa, piensa, piensa o sueña, cuando... «por un ventanal, / entró la lechuza / en la catedral».

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Para beber del velón de aceite de Santa María, entró la lechuza en el solitario recinto. Pero San Cristobalón, efigiado en uno de los cuadros de las altas naves, «la quiso espantar». Y «la Virgen habló: Déjala que beba, San Cristobalón».

La religiosidad es una brisa para la fronda secreta. Aun cuando la fe se haya trocado en «olmo seco», la sugestión de Dios vuelve. Y, a veces, agita avasallante, ineluctable. El poeta lo siente. De todos los rincones de la catedral llega, ahora, la «revancha» de Dios. Desde los retablos patéticos en que se yergue el ímpetu penitencial de los ascetas —crucifijo y sayal— y el escorzo ingrávido de los ángeles. Desde las capillas ancladas en quietudes infinitas en que bisbisean sus oraciones las enlutadas viejas anónimas. Desde el órgano que, en la hora vespertina, modula tremente su lamento de león herido... Y, ¿qué hará él, el poeta? ¿Rezará? ¡Ay, que a él, el rezo le parece peso muerto, embalsamado, de una espiritualidad que se pudrió entre la cera y las rosas! ¡Qué va a hacer él, Señor! ¿Elevará su canto como el órgano en efusión de homenaje? Dolor. No sabe, no puede, no acierta, porque el verdadero Dios concreto, perfilado, personal, se le escamoteó entre la bruma, y sólo le queda el Dios evanescente, ilusorio; la divinidad desteñida en vacuas inmanencias: «El Dios que todos llevamos, / el Dios que todos hacemos, / el Dios que todos buscamos / y que nunca encontraremos».

No obstante, ¡qué bien se está allí! La brisa divina sigue agitando su fronda y su otoño. ¿Por qué San Cristobalón, celoso, lo quiere espantar a él, Antonio Machado, desde su cuadro vetusto? Casi sacrílego —escéptica lechuza— entró atraído por el velón de aceite de Santa María. Alma solitaria, quiso abrevar suavidad para su invierno, quiso lustrarse en el óleo de la lámpara oferente. Irreverencia. Pero..., ¿no ves, San Cristobalón, cómo se tornasola el alma del profesor de lenguas vivas? Zozobra, dulzura, dubitación, melancolía, esperanza. ¡Esperanza! («Hoy es siempre todavía».) ¿No adviertes, gigante, niño grande, que este hombre —niño perdido— busca errátil, vagabundo de altos poemas sin rumbo, pastor de tristezas, apacentador de bellezas sin Estrella? ¿No sospechas que él, sin darse cuenta quizá, también busca el Camino? No te escandalices, gigante, niño... ¿Oíste? ¡La Virgen habló!: «Déjale que beba, San Cristobalón».

«Sobre el olivar / se vio a la lechuza / volar y volar. / A Santa María / un ramito verde / volando traía.»

Alta noche. Llueve en Baeza. La melopea de las altas canales bate el empedrado de las calles angostas. Ya en el lecho, el labrador de la tertulia de la rebotica se soliviará gozoso: «Cierto; para marzo, en flor. / Pero la escarcha, los hielos...». Mientras, el poeta habrá vuelto a encararse con sus libros («Este Bergson es un tuno: / ¿verdad, maestro Unamuno?...») Es difícil saber cómo anda de fe, de religiosidad, el labrador de la tertulia. La de él, la de Antonio Machado, es precaria. Sólo que esta tarde fue a abrevar silencios en la catedral, y...

Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo,
algunas hojas verdes le han salido.

(Antonio Machado, hermano bueno, hermano mayor, hermano triste, ¡cómo nos acaricia el deseo de tu poema —no escrito— al Dios que muestra su Presencia y su Figura más allá... y más acá de tu niebla, de la niebla!)

Algunas hojas verdes le han salido. Por eso se vio volar a la lechuza sobre el olivar: «A Santa María / un ramito verde / volando traía».