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MUJERES EN LA OBRA DE AZORÍN

Juan Pasquau Guerrero

en Diario Ideal. 16 de agosto de 1973 (Pensamiento y opinión)

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«Dime si paseáis por la plaza, al anochecer, cuando sue­na la fuente», escribe des­de Madrid Antonio Azorín a Pepita Sarrió. Antonio Azorín es el "carácter" que crea José Martínez Ruiz en "La voluntad". Tan definido, tan perfilado carácter que Martínez Ruiz, contagiado de su personaje, se convierte para siempre de azoriniano en Azorín. Como si Cervantes hubie­se luego relegado su nombre así: "No­velas Ejemplares, por Don Quijote de la Mancha". O "Trabajos de Persiles y Segismunda, por Don Quijote de la Mancha"...

A Pepita Sarrió que tiene el en­canto de que "nunca desea nada", a quien le basta la alegría natural de sentirse inmersa en el mundo, que "tiene un pelo rubio abundante y se­doso", le dice Antonio Azorín en una de sus cartas: "La elegancia, Pepita, es la sencillez; hay muy pocas mu­jeres elegantes porque son muy po­cas las que se resignan a ser senci­llas". Pepita Sarrió es ingenua, asom­brada y feliz. Se alarma cuando en Pretel, su pueblo, le anuncia el es­critor que piensa trasladarse a Pa­rís. ¿Qué será París? Antonio Azorín, atormentado de ideas, padece enton­ces un Nietzsche en plena digestión y encuentra en Pepita un contrapunto. La muchacha representa el "atracti­vo de la armonía eterna" frente al inquietante "eterno retorno". Pero no es ésta la primera mujer en la vida de Antonio Azorín. La precede Justi­na, sobrina del clérigo Puche, en "La voluntad". Se trata de otro tipo; más intenso y de destino ineluctable. Con esa economía de medios, tan propia de la prosa azoriniana, el autor for­ja indeleblemente los rasgos de Jus­tina "fina y pálida a través de cuya epidermis transparente resalta la te­nue red de las venillas azuladas". Ca­si sin diálogo, con preguntas y res­puestas que apenas llegan al renglón, Justina y Antonio Azorín llegan a un cordial y doloroso desentendimiento en la tarde de un Jueves Santo de Yecla, cuando juntos visitan los sagra­rios. "Cercan sus ojos —los de Justi­na— unas llameantes ojeras". Antonio Azorín "siente algo así como una vo­luptuosidad estética ante el espectácu­lo de un catolicismo trágico practicado por una multitud austera en un pueblo tétrico". Pero es el caso que para la pálida y bellísima Justina el catolicismo no es simple cuestión de estética, sino argumento de vida. Pronto ingresará en un convento de clausura. Así, la "simpatía melancó­lica de un espíritu por otro espíritu" va a cesar en una "ruptura suave, dulce, pero absoluta, definitiva". Pá­ginas después describe Azorín la pro­fesión religiosa de Justina en un aca­badísimo capitulo de singular belleza.

No obstante es bastante más tarde, en 1935, con "Doña Inés", cuando el maestro da a la literatura castella­na un ejemplo inconfundible, paradig­mático, de fémina. Superación admirable en la creación de "Doña Inés". No persisten en este caso recuerdos autobiográficos, aunque es posible que ciertos rasgos de la protagonista, re­presenten una traducción —por su­puesto, libre— de la vida y estilo de una dama segoviana de finales de si­glo. Azorín conoce siempre a la mu­jer en sus ojos. Los de Doña Inés "negros y anchos, titilan de inteligen­cia". La persona inteligente, ¿no tie­ne el espíritu ágil, límpido y vario? "Parece unas veces perdida la mirada de la señora en una lontananza; otras pasa y reposa sobre la haz de las cosas a manera de silenciosa cari­cia". "Alta y esbelta" no es ya una jovencita cuando en Segovia, empe­ñada tal vez en desviar un incoado amor con fondo madrileño, se ve aco­metida —turbada— de una fuerte in­clinación por el mozo poeta Diego el de Garcillán. Historia de un beso, hu­biera llamado Elena Catena de Vindil al proceso de este cariño que no llega a pasión fatal porque "la razón y la elegancia dominan los sentimien­tos eróticos" de la aristocrática da­ma. Se ha escrito que la novela "Doña Inés" tiene una técnica cinemato­gráfica. ¡Qué secuela maravillosa pu­diera hacerse en efecto con el capí­tulo "Tolvanera" donde el suceso del beso de la segoviana y el joven inci­de en un conjunto de planos que mu­tuamente se reflejan, agitando la vi­da quieta de la ciudad en una trepi­dación que distorsiona perspectivas y desencaja sucesos! "Las veletas, mu­dables y locas, giran y tornan a girar de Norte a Sur, de Este a Oeste". Murmuración. "Confidencias salaces de viejos y pirujas". Y, sin embargo, la historia que comienza en el beso en él termina, porque la dama, cons­ciente de que su cariño puede dañar a su amiga Plácita —novia del poe­ta—, decide en una hora de sereni­dad emplear su corazón en más al­tas dedicaciones. Audaz, prudente, concertada y desconcertante Doña Inés. El epilogo de la novela nos la muestra ya "con las arrugas de la faz hondas", entregada a su funda­ción de caridad en Buenos Aires: fun­dación de un colegio de españoles po­bres.

Es cierto, como también se ha da­do a entender, que el peligro de la "cosmovisión rosa" acecha las novelas de Azorín. No importa. La calidad, la sensibilidad, la finura, la riqueza de matices, marcan la obra del autor de "Los Pueblos". Y es eso lo que vale. Quizás una de las causas por las que buena parte de la juventud actual rehuye el encuentro con Azorín es la falta de crudeza del escritor de Monóvar. "Entre todos los contemporá­neos —escribió Julio Casares en "Crí­tica Efímera"— Azorín es a mi juicio el más limpio de baja sensualidad".

No es literatura "fuerte" la del maestro en el sentido que se suele dar a esta palabra. Afirma el perso­naje Antonio Azorín en una conver­sación, que la misión primordial de la mujer es "hacer belleza". Y en es­te alto cometido las heroínas de Mar­tínez Ruiz se asemejan un tanto a las de Goethe. Obran a modo de ca­talizadores de la mejor estética, depu­ran el ambiente, confieren tono y al­tura al paisaje físico y al paisaje mo­ral.

Así "Salvadora de Olbena", cuyo carácter procede del medio nativo del que quiere ser una encarnación y que en algún pasaje recuerda a Teresa, "la bien plantada" de d'Ors, avizora incansable el mundo de afuera sin traicionar su mundo interior. "Todo lo mira y remira y para todo tiene una observación curiosa". Nada hay que no reclame su interés. Empero, en su proceder tamiza y matiza. Es "maestra en el arte de decir y no de­cir, hacer y no hacer: maestra en el arte de amagar y no dar". En "Sal­vadora de Olbena" convergen oblicuas sugerencias —cada capítulo, un prodigio de eufemismos— al punto focal de su hondo enamoramiento. Pero el "romance" de Salvadora, también dama de posibles, que no cuajó en la juven­tud, florece tornasolado y tardío en su ocaso. Al final de la novela, la ve­mos así: "Llevaba una ramita en la mano y la echaba a la corriente; la estaba mirando atenta cómo se aleja­ba". Melancolía, otoño, olvido. Son las tres palabras que elige Azorín como emblemáticas de la nostalgia que subyace bajo la actividad y férvido dina­mismo de Salvadora.

¿Y María Fontán? "De ojos negros y gruesos labios rojos, enamorada de su tierra, de las flores y de los colo­res" es también "melancólica a ratos". Pero "María Fontán" es la más "rosa" de las mujeres de Azorín. Se ena­mora del timbre de voz de un mo­desto copista del Museo del Prado, después de una vida intensa pero sin vislumbres de sospecha en París. Se casa con el copista.

Sería en extremo prolijo el catálogo de los tipos azorinianos de mujer, des­de la Juana María que encuentra en "La Ruta de Don Quijote" a las ba­ñistas de Uberagua que describe en "Los Pueblos". "Ojos vagos, anchos y tristes de Aurelia" —"¿Qué hace us­ted, Aurelia?— Nada; miro el agua del río", "Sonríe siempre María Es­teban Collantes" a quien todo le pa­rece bien, que nunca regaña, que pa­ra cualquier cosa encuentra remedio y excusa. Ve en María Esteban Co­llantes nuestro autor a la esposa ideal. Pero —no falla en las mujeres de Azorín— se encuentra también en esta perspicaz y lúcida veraneante de Uberagua la mirada "misteriosa, sugestionadora que tienen esas mujeres ins­tintivamente melancólicas".

¿Por qué esa nota sutil y de tenue tristeza que impregna y embellece a los tipos azorinianos? La melancolía, ¿es un instinto? En cualquier caso sería el más bello y quizás el más fér­til de los instintos. Azorín perfuma toda su obra con miradas hondas de mujer en las que "titila la inteligen­cia". Emplea estas miradas a modo de pulverizador de melancolías. Entre las mujeres del genial prosista quizá sólo en una excepción aquella iluminada de "La voluntad" que termina casán­dose con Antonio Azorín, convirtién­dole en Antoñico, en hacendado de pueblo con unos majuelos y unos oli­vos. Iluminada mató la voluntad de Antonio Azorín. No iba a imitar, por fortuna, en su matrimonio, José Mar­tínez Ruiz a su personaje.