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CASI BELLEZA

Juan Pasquau Guerrero

en Diario ABC. 13 de febrero de 1960

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Hay mil cosas casi insignificantes que dan una casi belleza a la vida. Tenemos, sin embargo, una manía: la de llamar cruel a la existencia siempre que no nos obsequia con la mejor de sus sonrisas. Belleza total, belleza desnuda, belleza propicia; trinidad, como se ve, un poco inasequible y que, no se sabe con qué derecho, demandamos insistentemente para nuestro "estar", que poco a poco va queriendo no saber nada de nuestro "ser"... Sí; cuando la vida no se nos aparece bella, la motejamos de cruel. Difícil, tremenda arritmia en nuestros pulsos. Depende, claro, del grado de codicia. ¿Por qué somos de un tiempo en que todo se exige a la pobre condición humana? Lo de Julián Marías, hace poco, aquí mismo, en las columnas de ABC : "El descontento respecto a la "condición" es el fermento de la desgracia" Pedimos a la vida algo más que es ella; algo que, siendo de otro lugar, tiene otro nombre: bienaventuranza. Pero como el mundo, a veces, juega a complacernos, transitoria y fugazmente, entonces, al encontrarnos con una realidad que coincide naturalmente con nuestra ansia, empezamos a piropearlo todo. "¡La vida es bella!", exclamamos luego, en un rapto de exultante erotismo; pero después, al día siguiente quizá, la vida abandona su juego, nos muestra su envés, nos vuelve las espaldas y...¡qué cruel es la hembra! ¿Vida-hembra? Hacemos pender nuestra felicidad de lo aleatorio de las cosas. Pero ellas tienen una "condición " distinta: adolecen de una fatal ineluctable coquetería. Se nos vienen a la memoria, se nos escapan; nos "castigan", se nos insinúan, nos juran fidelidad y... nos abandonan. Todo nuestro mal está en fiarnos de ellas. Nos dan el gozo para mañana abrasarnos en la desdicha del cauce seco, huidas las aguas vivas en el estiaje del dolor. "Gozar es dejar de sufrir". Schopenhauer era quien decía este pesimismo. Pero lo contrario es lo mismo. Lo mismo, aunque si bien se mira, puede que más optimista: "Sufrir es dejar de gozar".

Lo que es más seguro, menos expuesto, es entonces aspirar en este mundo a la "casi belleza"; sólo a la casi belleza. Así es distinto. Así alguien premia, probablemente, nuestra falta de ambición. Y gozo y dolor se emulsionan para tónico del espíritu.

¿Y qué es la "casi belleza? Pues eso: lo que no nos llena, pero nos conforta; lo que no nos sacia, pero nos rejuvenece; lo que no nos hace la vida feliz, pero nos la tornasola amable en huidizos matices de bondad. Mil cosas que, sin protestarnos eterna amiganza, pasan sutiles a nuestro lado, encendiendo fervores, adelgazando sentimientos, despertando sueños que se durmieron... Los poetas deben de saber mucho de esto, porque son hombres que abandonaron la ruta de las maravillosas, poderosas cosas para seguir, por las veredas, el modesto misterio de las fragancias sin fama. Floristas de la verdad, ellos han ido prendiendo violetas en la solapa de todas las urgencias. Y han escarbado en la arena de lo cotidiano hasta dar con el tesoro musical que se veda a los soberbios —pretenciosos— buscadores de pedrería. Porque para un poeta el agua tiene a ratos más belleza que el oro, aunque luego, revertido a hombre común, se vea impelido a pensar como hombre común. Campoamor, que no era tan mal lírico como estamos acostumbrados a oír, se lamentaba, poco más o menos, de la depredación de las rosas ante el "bluf" de los diamantes... La "casi belleza " está latente en todo, en casi todo. No sólo en el paisaje que contemplas, lector, sino ante el mismo cigarrillo que estás fumando. No es que haya que esforzarse demasiado; se detiene uno un instante, levanta con su atención una paletada de tierra que la oculta y... ¡ya! "Basta mirar cualquier cosa unos momentos para que se torne interesante", decía un ilustre, no me acuerdo quién.

¿Verdad que esto sí es optimista? Cuando se está en una condición de ánimo tal, seguro que encanta el batir de lluvia en los cristales, y el penacho de homo de la chimenea de una fábrica, y el vuelo de un pájaro, y el paso de un borriquillo por el sendero. Hace falta humillarse a sentir en poeta para ver brillos impensados en los sucesos anodinos y grises. Hace falta olvidar cinco minutos al dinero para pasar cinco segundos de franciscana leticia en la contemplación de una margarita. Es imprescindible renunciar una hora a la comodidad para obtener graciosamente el privilegio de captar, en un deambular solitario, el encanto de la ciudad. Precisa no sentir la espuela de un gran placer que se espera para decantar la esencia del pequeño gozo que nos acecha. Lo malo es cuando tenemos prisa, cuando un quehacer "importantísimo" nos reclama, cuando una pasión voraz nos eclipsa —y nos agosta— a las cosas. Entonces, nada. Entonces, sudor primero; plenitud, si es que llega, para el disfrute de un día y... quién sabe si lágrimas después.

Se ha descentrado el mundo, dice la gente. Grave y grande cosa ésta.. Verdadera cosa quizá. Uno no sabe si el mundo, tal como aparece, tiene conciencia de su centro. La filosofía de la época —buen barómetro y buen termómetro es la filosofía— da la sensación de abandonar el tronco para irse por las ramas. Parece que el existencialismo, en última instancia, es eso: un asirse desesperadamente a las ramas, al par que se ataca con la segur el tronco. Por otra parte, la gente, a quien se ha dicho que la vida carece de sentido, sorbe el jugo de la propia existencia —y de la ajena— como nunca: practica incisiones a la vida para emborracharse con su savia. Y la misma belleza, que siempre fue doncella, corre el peligro de prostituirse. Todos, más o menos, nos hemos vuelto frenéticos. Todos hemos hecho nuestro lema: "O César o nada". Pero al hacerlo de todos lo hemos llenado de pringue.
Riqueza, fuerza, poderío, placer, felicidad... Palabras demasiado grandes de tamaño. Mejor es poner en cuarentena los conceptos de monumental significado que nos seducen y embaucan. Mejor es el amor...

Mejor es tomarse una tregua y salir un día, por ejemplo, al campo. Puede ocurrir, por ejemplo, esto: por un camino avanza un asno sensatísimo, cargado de frágil, casi estupenda cerámica, al cuidado de un lagarterano con faja roja, chaleco de punto y traje de pana negra. Requerís entonces vuestro aparato fotográfico y decís al buen hombre: "¡Eh! Párese..., ¿quiere? Voy a hacer una foto".

El buen hombre se pondrá en postura, sonreirá; descansará el borriquillo de arreos variopintos. Todo tan sencillo... Luego os habréis llevado a casa un recuerdo de los caminos trajinantes de Castilla, y seguramente que os vais a poner unos minutos a pensar desinteresadamente. A lo mejor incurrís, digo yo, en la consideración de que hay casi una belleza en las cosas y en los hombres —en el color del campo, en la paz de un atardecer, en el crepúsculo de un sentimiento..., en el jarrón de cerámica, en la paciencia del pollino..., en el recuerdo, en una esperanza..., en la alegría epifánica de un fervor que empieza, en la tristeza que un pecado ladrón ha dejado—, belleza de muchos hilos, de opuestas procedencias; belleza sedante que unifica, y teje, y da un sabor de limpia eternidad al mundo manchado.

Casi belleza. Una vez poseído su secreto todo es coser y cantar. Reacción en cadena. Por bajo de las apariencias hoscas, la esperanza reluce. Porque la casi belleza se revela enseguida también en el trozo de calle que recorréis, en el trabajo que os aguarda, en el mismo dolor que os espera. Y en el pan y en la sal, cosas que, como es sabido, a nadie son negadas..

Tomarse una tregua y salir. Salir del propio afán para volver enriquecido con un botín de mínimas perfumadas vivencias . ¡Qué cosa! No sé qué peloteo, de rebote en rebote, me ha traído y llevado la atención. Un lagarterano con su cerámica y su burro... ¡Habráse visto! pero el punto de partida no importa. Desde cualquier punto se puede elevar una perpendicular. O una plegaria. Y de la más pequeña deleznable cosa puede brotar esa aguja de la casi belleza con que enhebrar al mundo entero. Haga usted, lector, la prueba con cualquier cosa.